Por: Yolanda Ruiz

Como corcho en remolino

Este es un país que en sus debates parece a veces un corcho en remolino: da vueltas sin llegar al fondo y no avanza a ninguna parte. Es lo que parece estar pasando con el camino hacia la paz que se ve enredado y las respuestas no vienen de lo ya conocido.

Los que participan en el escenario público se mueven en torno a fórmulas agotadas.  Nadie parece indicar un camino cierto. 
 
Habría que convocar a otros, no a los de siempre. Convocar a los filósofos, a los escritores, a los jóvenes sin partido, a los que sueñan, a los descreídos,  a los que tienen un miligramo de fe, a los cristianos y a los ateos,  a los que quieren vivir en paz con la naturaleza… Habría que convocar a alguien sin color político, alguien que no quiera beneficiarse del proceso, alguien que pueda mostrar un camino, alguien que encuentre el hilo de Ariadna. 
 
Y es que cada palabra o acción desde una orilla le da otra vuelta al corcho y no logra nada distinto a enredarnos más. No hay salida en la estrategia guerrerista de las Farc que usan el terrorismo contra la población civil en una pretendida demostración de fuerza que solo evidencia su debilidad. No hay salida en la actitud ambigua del Gobierno que apostó todo a la negociación pero puede perder lo andado por no crear el ambiente propicio para la salida negociada y no entender que los diálogos en medio del conflicto ya no son una opción
 
No hay salida en la pobre y predecible respuesta de la extrema derecha que se regodea en el escalamiento del conflicto para sacar ventaja política pero que no valoró en su momento los gestos de paz de una guerrilla que a pesar de todo sigue buscando una salida negociada. Hoy, cuando las poblaciones escenario del conflicto entierran a los muertos y se quedan sin energía, sin agua, con crisis ambientales, se ve el impacto que tuvo un cese al fuego unilateral que bajó la intensidad del conflicto. Ahora, el terror muestra su peor cara otra vez.
 
No hay salida desde la izquierda legal. Sus líderes acompañan el proceso pero no ofrecen alternativas. Es una izquierda atascada en un discurso conocido, que suena a viejo, que no convence, que no seduce. Los oenegeros tampoco dicen nada nuevo. Llevan sus estadísticas de atentados, de víctimas y hechos violentos; hacen interesantes escenarios, diagnostican problemas pero dan pocas soluciones.  Los periodistas buscamos audiencia como si el asunto no fuera con nosotros y todo se resumiera en quien tiene la chiva. 
 
No me cabe duda de que la mayoría de este país quiere la paz de verdad pero no encontramos la salida. Tal vez por la polarización o incapacidad de quienes tienen el liderazgo público. Tal vez porque las negociaciones son un juego de ajedrez que mide fuerzas en el terreno del conflicto: más allá de las palabras cada parte muestra los dientes para ganar capacidad de maniobra pero lo triste es que quienes caen no son peones en un tablero sino seres humanos. Y así, negociadores en la mesa y opositores al proceso se enredan en el nudo de la guerra sin notar que de pronto cuando quieran parar ya no van a poder. Todo parecía dado para lograr la paz pero falta quien nos saque del remolino y los que hasta ahora hablan no logran pensar más allá de sus propios intereses. 
 
¿No será que tendremos que explorar otras ideas, otras propuestas en donde no todo sea en blanco y negro, uribismo o santismo? ¿No habrá un camino más sencillo, con menos incisos, artículos y subcomisiones? ¿Algo que nos una y no nos polarice? Hay que escuchar otras voces. Si alguien tiene una idea que se lance porque estas palabras no son más que otra vuelta al corcho en el mismo remolino. 

 

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