Por: Ignacio Zuleta

Como de la familia

En la franja detrás y por fuera del que fue el Country Club de Barranquilla hay un jardín longitudinal de cinco cuadras, muy bien arborizado con robles, trupillos, guayacanes, algunos mangos y plantas de jardín.

La zona estuvo de moda hace unos años y todavía su centro comercial es considerado de alta gama. Después de que los nuevos ricos y los esnobs treparon a las urbanizaciones más gringas y costosas —y cambiaron las bongas por palmeras “key bizcane”—, aquí quedó una clase media de sonoros apellidos libaneses, con suficiente músculo para tener una empleada del servicio o dos.

Las ayudantes de la gente de la zona, unas costeñas del pueblo, alegres, rollizas y habladoras, van casi todas con el uniforme blanco como de enfermera, y sus trespuntá muy ventiladas, aptas para el clima tropical de Barranquilla. Estas mujeres, algunas ya señoronas veteranas y otras brinconas adolescentes pagando ortodoncia de brackets a créditos mensuales, tienen un pacto tácito de salir a pasear los perros de los amos a la misma hora. Así que a las siete y diez minutos de la mañana fresca, después de que el señor de la casa se ha ido a trabajar y los niños ya están en el colegio, las ayudantes del hogar agarran bolsas plásticas y dejan a la señora de la casa en sus gimnasias y mejunjes, cuando no trabajan, y salen a tertuliar con las comadres con la excusa de pasear los perros, como se iba antes al río o a los pozos en los pueblos de donde vienen casi todas.

Se ven graciosas sosteniendo la correa de los perros. Unas arrastran a los caprichosos y alharaquientos yorkshire terrier o a los horrendos shi tzu con moña en la capul, mientras otras se dejan arrastrar por un siberiano peludísimo, que sólo sobrevive en el aire acondicionado de su cuarto propio en el apartamento de sus dueños. La de más allá se ve realmente encariñada con un beagle adorable al que acaricia y le habla como a un hijo. Ya no tienen problemas con la pronunciación extranjera de los nombres de los perros que ahora se llaman con nombre de católico, Manuel Labrador y Catalina Gozque, hija adoptada.

Cuento en este día un ejército blanco de 14 nanas con bolsas de basura y cara de estar gozándose el recreo en el jardín. Me detengo haciéndome invisible, tras un roble florido, para escucharles la charla a las mujeres. Desde luego ya todas se conocen y si no se conocen, en 14 segundos ya lo harán. Los temas, pues ya están hablando de intimidades y maridos; de cómo es mejor la comida de los perros que las de sus hijos; los sueños con novios que las dejaron preñadas y se fueron; el seguro social y las pastas del reflujo; chismes de los patrones y del pueblo entre paisanas de Córdoba o de Sucre —desplazadas por la pobreza y la violencia de Momil o Canalete, Caimito o Majagual— y cómo han aprendido a ser santas y pacientes, “bien mandadas” y a cuidarse de la frase feudal, embustera y manipuladora: “Es que Marleny es como de la familia”, aunque la patrona la siente en el asiento de atrás del automóvil si van para Carulla y Yuri Siberiano duerma en el aire acondicionado y ella en el armario.

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