Por: Nicolás Rodríguez

Cómo hacer que cueste

Conocemos más del caso de Santiago Maldonado en Argentina, cuyo cadáver puede haber aparecido en días recientes no muy lejos de donde se le vio por última vez, que de las condiciones en que ocurren los asesinatos sistemáticos de los líderes sociales en Colombia. El último: José Jair Cortés, en Tumaco.

Algo va de la historia de las dictaduras del Cono Sur al conflicto degradado que ha tenido Colombia. Aunque se las suele comparar, las experiencias son desiguales. En Colombia, por supuesto, no hubo dictadura ni transición. Con sus deficiencias, la democracia se mantuvo. En Argentina, y no obstante la deslegitimada teoría de los dos demonios, un único actor fue mayoritariamente culpado por las violencias. En Colombia los militares y la policía cargan con una responsabilidad compartida con paramilitares, guerrillas y narcotraficantes.

En fin, diferencias hay muchas. Pero una en particular habría de ser rescatada hoy por hoy. Esto es: la identidad de las víctimas. En efecto, en Argentina se trató de jóvenes estudiantes y urbanos asociados a una izquierda contestataria que era considerada por los militares un enorme peligro. El trasfondo era Cuba. La revolución. El peligro comunista. En Colombia el telón de fondo no ha cambiado tanto. También se trató de una versión latinoamericana de la Guerra Fría, por supuesto en caliente, cuya contrainsurgencia los gringos reencaucharon en una guerra contras las drogas. Pero las víctimas no pertenecen todas a la clase media colombiana. Más bien al contrario: el grueso de las víctimas son afros, indígenas y campesinos que habitan las márgenes del país menos integrado a los lugares políticos en los que los muertos pesan.

¿Dónde está Santiago Maldonado? Todo Argentina lo quiere saber. La memoria de los 30.000 desaparecidos lo exige. Qué le pasó a José Jair Cortés, en cambio, ya se sabe: el propio líder afro advirtió que su vida corría un riesgo. ¿Cómo hacer que importe? Esa es otra pregunta.

 

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