Por: Arlene B. Tickner

Cómo influenciar elecciones

La acusación del fiscal especial Robert Mueller contra 13 individuos y 3 compañías que participaron en el complot ruso para influenciar las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos revela un operativo inusitado que tuvo varios años de planeación, involucró millones de dólares, consistió en una sofisticada manipulación en redes sociales de las divisiones raciales, religiosas y políticas ya existentes en ese país, y demandó la participación de funcionarios altamente entrenados en formas de expresión y lógicas electorales estadounidenses, sobre todo en los estados bisagra donde concentraron mucho de su trabajo.

Se estima que alrededor de 126 millones de usuarios de Facebook vieron contenidos difundidos por los troles rusos, a la vez que cientos de miles se enrolaron en y donaron dinero a grupos ficticios creados por éstos, o asistieron a eventos de campaña en los que la mano de Putin estuvo detrás reforzando ciertos mensajes, entre ellos, el famoso “enciérrala”, con referencia a Hillary Clinton. Además de favorecer sistemáticamente a Donald Trump, Bernie Sanders y la candidata verde, Jill Stein, se diseminó información negativa sobre Clinton, y se denigró a otros precandidatos republicanos como Ted Cruz y Marco Rubio.

Uno de los componentes más controversiales de la estrategia fue la incentivación sistemática a las minorías a no votar y a votar por Sanders o Stein. Esta se enfocó especialmente en los afroamericanos jóvenes políticamente activos y se sintonizó con su sentimiento creciente de desilusión con el sistema político estadounidense y con el partido demócrata y su candidata. Aunado a los intentos simultáneos de los republicanos por suprimir el voto afroamericano, se logró bajar la participación de este segmento de los electores por primera vez en 20 años. La acusación documenta manipulaciones similares en los musulmanes.

Aunque extraordinario por su grado de sofisticación y por ser Estados Unidos la víctima en lugar del victimario, este episodio de intervención electoral no es atípico sino que refleja una práctica común de las grandes potencias, tal y como lo indica un estudio publicado en 2016 por la revista Conflict Management and Peace Science. Allí se demuestra que dicha forma de injerencia en los asuntos internos de otro país es mucho más frecuente que las intervenciones militares o las que buscan efectuar un cambio de régimen. Etre 1946 y 2000, Estados Unidos y Rusia intervinieron en 117 elecciones presidenciales competitivas –cerca del 10 % del total– en 60 lugares distintos del mundo, con un impacto frecuentemente decisivo. Washington fue responsable del 69 % de éstas y sus actividades se repartieron equitativamente entre los continentes de Europa, América Latina y Asia, mientras que Moscú realizó un 31 % e intervino principalmente en Europa.

Al contrario de lo que podría pensarse, tanto estas cifras como la intervención reciente de Rusia en Estados Unidos y en el proceso electoral de varios países de Europa Occidental, sugieren que las democracias establecidas y fuertes pueden ser tan vulnerables que las frágiles, sobre todo cuando sus sociedades están divididas, como ocurre hoy. Justamente por su efectividad aparente y su bajo costo y riesgo comparativo, es de esperar que la influencia electoral se convierta en uno de los instrumentos más atractivos de poder en el mundo actual.

 

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