Por: Mauricio Rubio

¿Cómo mejorar a Colombia?

En un libro editado por Mauricio García sobre eventuales mejoras al país, brillan por su ausencia alusiones a cómo piensa la mitad del electorado y al sector empresarial.

En la autoría de estos 25 ensayos con “ideas para reparar el futuro” predomina la academia, la mayoría de la Universidad Nacional. Siguen en importancia tres escritores y una poetisa con peso similar a quienes han sido burócratas. Las mujeres están subrrepresentadas.

Es curioso el prestigio que tiene en Colombia la literatura, o sea la ficción, como oráculo oficioso de una sociedad que por incomprensible no deja de ser real. Sobre todo con el antecedente del célebre escritor con dudoso desempeño político que fue amigo íntimo, apoyo incondicional y correveidile de un dictador.

La paz es recurrente en la obra. Una idea machacada en la retórica habanera fue que sin arreglar el problema agrario seguiría el conflicto. Así, sorprende la escasa atención prestada a algo tan crucial. La raigambre campesina de la guerrilla más vieja del mundo, esencial ex ante, resultó secundaria. A su vez, “otras violencias”, asesinatos de líderes sociales, tranquilidad ciudadana, polarización y deterioro ambiental por explotaciones ilegales ganaron relevancia.

Que el diagnóstico centrado en el agro fue insuficiente lo confirmaron los principales negociadores del mejor acuerdo posible. Al retomar las armas, Iván Márquez proclamó tener razones tan variadas como la traición santista, jurisprudencia constitucional o el fast track y tan añejas como el santanderismo. El manifiesto rebelde, de gran erudición, está bien lejos de los cerdos y gallinas de Tirofijo que resucitaron los Santos. Sugiere que la subversión cuenta con asesores incrustados en el establecimiento que amplían la noción de todas las formas de lucha. Días antes, con singular astucia y oportunidad, De la Calle descubría que “estamos asediados por grupos organizados que orbitan alrededor de negocios ilegales”. Realmente son tan protuberantes que las nuevas Farc basarán en ellos la “impuestación”.

Es imposible saber cómo votaron estos ensayistas para referendo y presidenciales, pero sospecho que apoyaron el Sí y se opusieron a Duque. Varios reiteran que esas elecciones llevaron a inexplicables victorias de gente motivada no por ideas sino por emociones, ajena a la reflexión, incapaz de mantener debates, que nunca captó la pertinencia del affaire Dreyfus para entender su dinámica, como acaba de revelar un periodista progre que vino a redescubrirnos y de pronto entrevista al comandante Márquez sobre cómo mejorar Latinoamérica.

Los ensayos analizan si “se puede convencer a los no convencidos”, el “reto inverosímil de la reconciliación”, un “debate entre las distintas versiones de nuestro pasado” o la “paz incluyente” que “evoca proximidad, comunidad, conexión”. Más parsimonioso hubiera sido darles vocería a esos incomprensibles antagonistas. El énfasis en la importancia del diálogo para matizar discrepancias hace echar de menos en el libro un par de representantes de la derecha. Difícil arreglar un país después de una supuesta guerra civil empatada sin siquiera recoger, para rebatirlos, los planteamientos de la parte adversaria.

Si, como implícitamente sugiere este opus colectivo, no existe una figura conservadora digna de decir algo relevante para el futuro del país, unos escolios de Nicolás Gómez Dávila, respetado en democracias consolidadas, hubiesen balanceado el recetario. Vale la pena recordar que en la parroquia global la godarria gana protagonismo a costa de una izquierda despistada con inmigrantes ilegales, desempleo juvenil o apuros fiscales y atónita ante metamorfosis tipo Putin o Made in China.

Tan desconsoladora como la hoja de ruta parcializada es la precariedad de referencias al sector productivo que genera empleo y tributa. El desarrollo económico se menciona tangencialmente para destacar el impacto negativo de la apertura y a los empresarios se alude para criticar la campaña “Colombia es pasión”. Un ensayo que evoca algo parecido al emprendimiento y la toma de riesgos - “Pa´lante es pa´ya”- es sobre mujeres desplazadas y concluye que “el futuro que queremos requiere aprender de los pobres”. Esta sentencia franciscana contraria a la ley de Pambelé alcanza a tener tufo autoritario.

No se trata de una secta promotora de la economía centralmente planificada para financiar políticas sociales. Pero la estructura productiva no se discute en una guía para un auditorio donde pelechan barras bravas anticapitalistas alebrestadas con producción estatal y puestos oficiales. Si una selecta muestra de mentes abiertas no busca modernizarlas, poniendo en la balanza objeciones específicas y unas ventajas mínimas del capitalismo, no habrá manera de consolidar la paz, ni redistribuir, ni educar, ni remendar nada, todavía menos con vacas flacas.

Cual novelistas o poetas, que de plata no hablan, la vanguardia pensante del país ni siquiera critica al gremio empresarial: lo ignora. La lógica subyacente es que “alguien” pagará los mejorales. Parafraseando al editor cuando se refiere a los protuberantes vacíos de información estatales, esta élite intelectual “no solo no sabe, sino que no quiere saber” nada sobre cómo generar riqueza legal en Colombia.

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