Iván Duque: así fue su histórico triunfo en las elecciones presidenciales

hace 3 horas
Por: Luis I. Sandoval M.

¿Cómo parar el desangre?

“81 líderes asesinados. José Jair Cortés es el más reciente de casi un centenar de líderes asesinados este año sin que el Estado pudiera evitarlo. ¿Cómo parar este desangre?”. Esa es la portada de la revista Semana del 22 de octubre. Ya ha sido titular de Voz, Desde Abajo, Periferia, El Socialista, Informativo CUT, Democracia Real CGT, Caja de Herramientas

El Espectador en portada tituló el miércoles 18: “¿Hasta cuándo?”. Y en editorial del mismo día se pregunta: “¿Por qué siguen matando a los líderes sociales?”. El Tiempo tituló el miércoles en primera página: “Líderes asesinados, la mayoría en zonas claves para la paz”, y el viernes 20 el editorial perentoriamente señaló: “Asesinato de líderes: ¡Basta ya!”. 

“La violencia es la alegría del alma”, pregonaba el renombrado Rasputín, consejero de los últimos zares rusos. Alguien, singular o plural, en Colombia debe estarse alegrando con el exterminio de líderes sociales y excombatientes guerrilleros. Los hechos inducen a pensar que ese alguien está dentro y fuera de las instituciones.

Estamos ante un contrasentido flagrante de los acuerdos suscritos con las Farc-Ep, ante una descomunal crisis humanitaria, ante un proceso de exterminio focalizado, realmente ante una implacable campaña de terror cuyo objeto y resultado es destruir el tejido social, desanimar la protesta legítima y detener por el miedo la acción colectiva en procura de justicia social.     

No se puede desligar el nefasto fenómeno de otros hechos concomitantes que implican negación de libertades y garantías mínimas en democracia: incumplimiento de acuerdos, desconocimiento de derechos laborales, consultas, revocatorias. Lo que está en juego con la vida de los líderes sociales es la posibilidad de que una democracia que se precia de tal sea al mismo tiempo una vivencia de democratización.

En otras palabras, no es democracia solo aquella donde los ciudadanos y ciudadanas pueden votar libremente, sino aquella donde la gente puede protestar también libremente, con garantías, y su protesta es escuchada, evaluada y asumida en lo que es razonable y justo.

Si una sociedad no avanza sobre los dos rieles de libertad real e igualdad creciente no es de verdad una sociedad que vive en democracia. No me estoy inventando nada exótico. Ello está en la base de los derechos humanos. El derecho a tener derechos. “… El derecho a compartir plenamente la herencia social y a llevar la vida de un ser civilizado según las pautas prevalecientes en la sociedad” (T. H. Marshall).

Se necesita una acción ciudadana contundente, lo más amplia y concertada posible, que no pueda ser desoída, para parar el desangre. Sobradamente justo el paro convocado por Marcha Patriótica. Ese clamor es preciso atenderlo solucionando los problemas que lo generan.  

Válida la idea que la Red Prodepaz, Redepaz, la Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos de Derechos Humanos y la Fundación ABC Paz tienen de realizar una cumbre humanitaria que agregue multitud de iniciativas dispersas, vuelva sobre el pacto de no violencia en la política y logre que el Estado se decida a ejercer el monopolio de la fuerza sin excesos y con garantías efectivas para todos.    

Hay que desactivar el gatillo cultural de la estigmatización, obtener eficacia y oportunidad de la justicia, sacar adelante el acogimiento a la justicia de clanes y bandas que quieran dar ese paso, desmontar el Esmad como ya se hizo con el DAS, inculcar a los agentes de la fuerza pública que campesinos cocaleros no son guerrilleros ni delincuentes, hay que prevenir y proteger con el convencimiento de que la paz, silenciados los fusiles, es vivir, buen vivir y convivir. La vida es lo primero, sin ella no hay paz.  

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