Por: Arlene B. Tickner

¿Cómo pasó esto?

Con un déficit presupuestal de US$125 mil millones mensuales y una deuda pública que se acerca a US$14,3 billones (equivalentes al 10 y 90% del PIB, respectivamente), y ante las advertencias de un "apocalipsis" si el Congreso no aprueba un alza en el techo autorizado —lo cual es indispensable para que el gobierno de Barack Obama cumpla con sus obligaciones financieras y evite entrar en default—, la economía y la política en EE.UU. muestran señales alarmantes de deterioro. ¿Cómo pasó esto?

En enero de 2001, cuando George W. Bush asumió la presidencia, el país gozaba del superávit fiscal más importante que había tenido desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, entre 2002 y 2009 la combinación de recortes de impuestos, guerras en Afganistán e Irak y recesión produjeron la tendencia contraria. Además de los factores señalados, que fueron heredados por Obama, los planes de rescate que éste adoptó para enfrentar la crisis financiera aumentaron aún más el desfase presupuestal. 

Según el Congressional Research Service, el legislativo ha aprobado el aumento del techo de la deuda pública 74 veces desde 1962. La opinión internacional, incluyendo el mercado bursátil, parece estar relativamente inoculada contra el actual “teatro político” de Washington y da por sentado que demócratas y republicanos llegarán a un acuerdo. Pese a ello, la pérdida de confianza que este episodio puede generar no deja de ser preocupante. Standard & Poor’s, por ejemplo, ha amenazado con reducir su calificación de riesgo si Estados Unidos no diseña una estrategia “creíble” para combatir el problema.  Aunque existe la (leve) posibilidad de que distintos acreedores nacionales y extranjeros vendan partes de la deuda y así ejerzan presión negativa sobre el dólar, los bonos del Tesoro siguen teniendo un gran atractivo dada la posición todavía irreemplazable de Estados Unidos en la economía mundial.

En el plano nacional el impasse que se ha generado entre los dos partidos sobre un asunto que se ha vuelto casi rutinario apunta a una polarización ideológica y disfuncionalidad política pocas veces vistas en Estados Unidos. Y parece confirmar la advertencia hecha por los republicanos (sobre todo el Tea Party) después de las elecciones legislativas de 2010, de que su objetivo número uno iba a ser impedir la reelección de Obama. Así, aunque el gasto público no relacionado con defensa (educación, salud, ayuda extranjera, entre otros) no es la fuente principal del déficit, y su reducción no sólo constituye un paño de agua tibia sino que afecta a algunos de los sectores más vulnerables de la población, es lo que piden los republicanos. A pesar de que con tan sólo reversar los recortes tributarios creados por Bush, Estados Unidos podría reducir el déficit a la mitad, igualmente se oponen a ello, olvidándose de que durante dos mandatos su ícono, Ronald Reagan, aumentó los impuestos en 11 oportunidades.

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En este remolino político ha quedado atascado el TLC con Colombia, frente al que quienes eran sus principales defensores ahora se han convertido en el obstáculo central para su ratificación, con tal de impedir que la ley de ayuda para los trabajadores afectados por el libre comercio —que el gobierno Obama ha puesto como condición— también se apruebe.

 

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