Por: Arlene B. Tickner

¿Cómo recordar?

A un siglo de la Primera Guerra Mundial, cómo conmemorar este hito colosal en la historia universal ha sido objeto de amplia controversia.

 Que catalizó profundas transformaciones económicas, políticas, sociales, culturales y tecnológicas, incluyendo la globalización de los dos inventos centrales del mundo moderno, a saber, la economía de mercado y el Estado; que tuvo un costo humano descomunal, 16 millones de muertos, más del doble de todas las guerras europeas juntas desde 1790, sin contar los 40 millones que murieron a causa de la gripe española de 1918, y que sentó las bases para la Segunda Guerra Mundial, son tres hechos indiscutibles.

Mientras algunos quisieran recordarla como la “gran guerra” para “terminar todas las guerras”, “noble” y “justa”, que permitió “hacer el mundo seguro para la democracia” y afianzar el principio de la autodeterminación de los pueblos, como proclamó en su momento Woodrow Wilson, para V.I. Lenin su verdadero significado fue otro: “Un esclavista, Alemania, que tiene 100 esclavos, está peleando con otro esclavista, Inglaterra, que tiene 200 esclavos, para que haya una distribución más ‘justa’ de esclavos entre ellos”. Eric Hobsbawm refuerza esta lectura al explicarla como producto de la confrontación entre los imperios establecidos (Gran Bretaña, Francia —y Bélgica—), el ascendente (Alemania) y los emergentes (Japón y Estados Unidos), por el control de territorio, mercados, recursos y mano de obra barata en África, Asia y América Latina.

Desde la poscolonia, la Primera Guerra Mundial también puede recordarse como punto de inflexión del eurocentrismo, que terminó catapultándose al centro de la política internacional. Éste se había consolidado en el siglo XIX, a raíz de lo que Lenin describió como el reparto definitivo del planeta, y permitió, además del dominio económico, la diferenciación entre Occidente y el resto del mundo en términos de la supuesta superioridad de sus instituciones políticas, económicas y culturales. A la vez, legitimó la “misión civilizadora” y el derecho de injerencia con el fin de rehacer las colonias y las semicolonias (como en América Latina) a imagen propia, y a explotarlas. Dicho proceso dio cuerpo a lo que Edward Said denomina el orientalismo, una práctica mediante la cual Occidente se construyó como el origen de la modernidad, la civilización, el orden y la ilustración, y Oriente del desorden, la barbarie y la ignorancia.

El exterminio de razas inferiores y salvajes se convirtió así en una consecuencia “lógica” del eurocentrismo. Bajo el reinado de Leopoldo II de Bélgica, por ejemplo, la población del Congo se redujo a la mitad, equivalente a unos ocho millones, a causa de violencia física, exceso de trabajo y enfermedades. Alemania exterminó a otros 70.000 miembros de la tribu herero y 10.000 de la nama en lo que es hoy Namibia. Y, según argumenta Mike Davis en Los holocaustos de la era victoriana tardía, las sequías y los monzones que afectaron áreas considerables de lo que llegó a conocerse después como el Tercer Mundo produjeron hambrunas sin precedentes, en las que murieron decenas de millones, por efecto de la colonización.

Marlow, el narrador de El corazón de las tinieblas, nos recuerda que “la conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto... no es nada agradable cuando se observa con atención”. Es difícil no ver en el mundo de hoy algunas similitudes con el pasado.

 

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