Por: Eduardo Barajas Sandoval

Cómo se pierde un partido

El partido de los trabajadores británicos parece haberse resignado a su derrota, desde antes de ir a las urnas. Como si se tratara del ritual de su propio sacrificio, a cambio de nada, hizo todo aquello que no se debía hacer para evitarlo. Ahora tendrá que invocar al ave Fénix para resurgir, con la mirada puesta en el futuro, y no en el pasado, que fue lo que hizo durante la campaña.

Al comenzar a despejar los escombros dejados por la avalancha que lo arrasó, se ha venido a descubrir una especie de decálogo de las reglas necesarias para perder el rumbo y, por consiguiente, las elecciones.

Primera, designar para la jefatura a una persona sin carisma y lo más opaca que se pueda. Sin un pasado brillante y con una imagen un poco sombría y melancólica.

Segunda, el personaje debe ser un radical, lo más inflexible que exista. Con ello se consigue entusiasmar a los adeptos que en todo caso votarán por el partido, recuperar a militantes más clásicos cuyo ánimo se había apagado, y de pronto congregar a jóvenes interesados en hallar cauce para su radicalismo sin experiencia. Al mismo tiempo, y lo que es más importante, se garantiza el destierro de los ciudadanos de esa franja, definitiva, que siempre está abierta y dispuesta a votar por el programa que le parezca más adecuado a las circunstancias.

Tercera, sumirse en el mundo de las indefiniciones respecto de asuntos coyunturales. Esto es no manifestarse decididamente en ningún sentido respecto de temas centrales, ni aclarar de manera suficiente las interpretaciones, así sean exageradas, o torcidas, que sus enemigos puedan hacer de sus posturas. Como es el caso del antisemitismo, o el de la supuesta proximidad a grupos terroristas. De manera que se mantengan a flote las ideas en contra.

Cuarta, anunciar decisiones que se tomarían en caso de llegar al poder, que irían abiertamente en contravía de procesos consolidados y revolcarían a profundidad el funcionamiento de las relaciones entre el Estado y los agentes económicos, en un país cuya afiliación al modelo vigente ha demostrado ser abiertamente mayoritaria. Como es el caso de las nacionalizaciones, que difícilmente lograrían el apoyo de conversos a una causa en la que jamás militaron.

Quinta, despreciar, y si es posible proscribir, a quienes dentro del mismo partido tengan posturas moderadas, hayan sido conciliadores o hayan mostrado acercamientos con otros partidos a la hora de plantear programas o realizar tareas de gobierno.

Sexta, desaprovechar las posibilidades de producir relevo en la jefatura del partido, aún si en medio de una crisis tienen la opción de hacerlo en el seno de una convención ordinaria, que se presente a pocas semanas de elecciones generales.

Séptima, dar todas las muestras posibles de que, bajo su eventual gobierno, las cosas tomarían el rumbo propio de los gobiernos dirigidos por inexpertos que creen tener criterio para manejar cualquier cosa, sobre la base de una cartilla que no puede reemplazar la experiencia. 

Octava, esconder o permitir que se escondan, a la hora de la campaña, los personajes que puedan salir a mostrar unidad de propósitos y al mismo tiempo respeto por los postulados y la jerarquía política de la dirección del partido.

Novena, demostrar versación en asuntos pequeños de la vida cotidiana, y al mismo tiempo ignorancia y desatino en las consideraciones esenciales sobre el contexto internacional que inevitablemente rodeará su eventual mandato.

Décima, desaprovechar las falencias de los oponentes, en este caso las de los conservadores, cuya crisis era apenas comparable. Al punto que muchos miembros del Parlamento, de todos los partidos, habrían estado dispuestos a convocar a un gobierno de transición, bajo un primer ministro laborista, pero que no fuera Jeremy Corbyn. 

En cumplimiento de ese decálogo, Corbyn presidió la marcha del laborismo a lo largo de todo el proceso que condujo al abismo. Había llegado a la jefatura del partido de manera inesperada, en un momento de decaimiento, en 2015. Al menos desde fuera, y en particular desde el ángulo de los votantes independientes, pareció extraño que se hubiera mantenido allí, como si tuviera mucho qué hacer o qué decir.

Encima de todo, pocas horas después de la derrota, todo lo que hizo fue decir que no dirigiría al partido en una nueva elección, como si hubiera alguien dispuesto a pedirle que lo hiciera. Su anuncio de dirigir por un tiempo la reflexión sobre los resultados no ha recibido ninguna aclamación, pues pareciera que el personaje no tiene mucho que aportar hacia ese futuro diferente que ahora adquiere toda importancia.

Bajo la presidencia de alguien más, los laboristas se deben ocupar muy seriamente de sacar conclusiones sobre los motivos de su debacle, pues tienen la responsabilidad de señalar el rumbo y sostener la vigencia de la social democracia en uno de los países donde ha sido no solo actor de la vida pública, sino paradigma para muchos otros partidos de la misma índole en el mundo entero. 

Tendrán que ir al fondo de la creación de propuestas en contra de los efectos de desigualdad social que, así hayan ganado esta vez los conservadores, conlleva la aparente “apoteosis” del neoliberalismo exacerbado. Y, para hacer más complicadas las cosas, deberán reflexionar sobre los motivos que llevaron a que la propuesta radical de Corbyn resultara estereotipada y anacrónica a los ojos de un electorado que no estuvo dispuesto a volver al pasado.

Ya en su momento Blair y Brown lograron interpretaciones del laborismo que se abrieron paso y consiguieron el poder luego de una mutación que trataba de adaptarse a las circunstancias del cambio de milenio y principios de siglo.

Ahora no se trata simplemente de salir en busca de lo que quieran escuchar las mayorías, para plantear un programa según demanda. La tarea es más difícil todavía, pues se trata sí de auscultar los sentimientos populares, tanto de los tradicionales militantes del partido, que son los sindicalistas, como de la juventud y de amplios sectores sociales que se seguirán sintiendo atrapados bajo las premisas del gobierno de Boris Johnson, con su Brexit y su apoteosis conservadora.

La tarea debe conducir a una propuesta de verdad Siglo XXI, acorde con el mundo de hoy y en la perspectiva del futuro. Tiene que considerar cuáles son los valores en torno a los cuáles se pueden congregar nuevas mayorías, identificadas con reformas posibles, que lleven a un modelo económico y político más incluyente, que traiga bienestar a las mayorías y de paso sea capaz de frenar la corriente inspirada en el trumpismo y sus émulos del nuevo populismo europeo, que se van convirtiendo en una amenaza contra la democracia, y contra la armonía entre los pueblos.

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