Por: Ignacio Zuleta

Como a sí mismo

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA Ley del Dios judeocristiano es sin duda un resumen universal de las aspiraciones espirituales humanas: "Amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo". Pero el orden de los factores sí altera el producto.

Pertenezco a una generación que ya va en medio siglo y que recibe el coletazo del desprestigio del catolicismo. Este desprestigio proviene no sólo del comportamiento de la Iglesia y de sus miembros, lo que sería excusable en las instituciones humanas, sino principalmente de haber dejado agonizante el nutritivo misticismo y sus técnicas antiguas, y de haberlo reemplazado por la formalidad algo aséptica de liturgias masivas que han perdido sentido en la modernidad. Esta generación está entonces entre la espada de la beatería obediente de sus viejos que creen amar a Dios por encima de todas las cosas, y la pared de la generación narcisista de sus hijos en la que el prójimo apenas si existe y Dios es una invención intelectual de sus abuelos.

Mis contemporáneos, hombres en los ardores ambiguos de una andropausia que ni entienden ni aceptan y mujeres en los calores de una menopausia fisiológicamente difícil y socialmente estigmatizada en Occidente, ya han criado a sus hijos y por primera vez en muchas décadas, ahora con más tiempo, vuelven a preguntarse quiénes son, en dónde están parados y para qué los echó Dios en este mundo. Y muy curiosamente, a pesar del aire libertario de los tiempos, están llenos de culpa —ese zurriago de control que por pérdida de contexto se ha tornado inútil— y no se aman a sí mismos. Paradoja.

Y es que el primer mandamiento mencionado no se puede cumplir sino al revés: hay que primero amarse, conocerse y valorarse para pensar siquiera en darle amor al prójimo y, luego sí, amar a Dios, que es una consecuencia y no una imposición moral de los profetas. Porque sólo se puede entregar lo que se tiene.

Cuando el brillante Jung, a quien por estar adelantado a su época estamos apenas comprendiendo, hablaba del principio de individuación, sostenía:

 

“El sí-mismo comprende infinitamente mucho más que un mero Yo... La individuación no excluye al mundo sino que lo incluye”, y agregaba entonces, “sin la vivencia de los opuestos no existe experiencia de la totalidad y, por ende, tampoco un acceso interior a las figuras sagradas”.

Así los defectos vienen a ser un adorno del carácter y un acicate para su mejoría. Un yo sano que se siente merecedor de la vida y agradecido por ella es una fuente de virtudes. La aceptación no culposa de la sombra conduce a la verdadera integración y transmuta la culpa en responsabilidad a través de un proceso que es ley de oro: primero observarse, sin juzgar y con sentido del humor; segundo aceptarse y, sólo entonces, transformarse gradualmente y crecer en el espíritu.

 

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