Por: Fernando Araújo Vélez

Como un perro de la calle

Como un perro de la calle que camina entre la gente, indiferente a la gente y a lo que diga la gente de él, indiferente a los peinados, a las modas, a los manuales de Carreño y a esos otros manuales, más incisivos, más hirientes, más mortales.

Como un perro de la calle que se acuesta a dormir cuando quiere y donde se le antoja, y en sus sueños juega a jugar y nada más que eso, y sus sueños son la realidad, y en ellos ladra como en la realidad porque la vida se le puede ir en perseguir a otro perro para revolcarse con él, nada más que por el placer de hacerlo. Si odia, odia por miedo y en defensa propia por unos cuantos instantes, no por dañar, no por quitar, no para asesinar, no para acumular, y menos para negociar y especular.

Como un perro de la calle para el que todos los otros perros son iguales y lo serán hasta la eternidad. Cero alcurnia, cero mendicidad, cero raza. Como un perro de la calle que por no tener conciencia de la muerte es inmortal, y por no tener conciencia de la vida la vive plena y ladrido a ladrido todos los días, y todas las horas de esos días. Como un perro de la calle que en la calle comió todas las comidas y respiró todos los aires y oyó todas las voces y jamás los desechó, y por no desecharlos se hizo fuerte, cada vez más fuerte, y se hizo único, verdaderamente único e irrepetible, pero no se ufanó de ello. Por ser único no pretendió privilegios ni pidió súbditos. Fue único, sólo eso.

Como un perro de la calle que fue, es y será, como cantaba Alberto Cortez, la ternura que nos hace falta cada día más. Ni bueno ni malo, ni mejor ni peor, ni bello ni no bello, ni rico ni pobre, ni ganador o perdedor. Perro de condición perruna. Perro para ser eternamente curioso y eternamente agradecido, perro para dar la vida por otro y perro con esa ingenuidad tan cercana a la verdadera paz. Perro que intenta comprender y por comprender ladea la cabeza, pero no juzga, no califica ni descalifica. Vive.

Perro que mira la vida pasar con pose de contemplativo y se extasía en su contemplar, perro que huele el miedo de los humanos y se esconde cuando esos humanos explotan y hacen explotar el mundo. Perro que siente y no peca, que juega y no pierde, que cura y no cobra, que ofrece y siempre ofrece sin recordártelo y sin pedir nada a cambio.

 

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