Por: Felipe Restrepo Pombo

Como un reloj suizo

EL DOMINGO PASADO QUEDÓ DEmostrado, de nuevo, que hay algo artístico en las grandes hazañas deportivas.

El triunfo de Roger Federer en Wimbledon fue deslumbrante: no tanto por la final —un partido errático de más de cuatro horas— en la que derrotó al estadounidense Andy Roddick, sino por el significado de su logro. Ese día Federer ganó su Grand Slam número quince y ahí estaban Rod Laver, Björn Borg y Pete Sampras como testigos. Los grandes campeones se reunieron para otorgarle su lugar entre ellos y, de paso, para presenciar algo que tal vez nunca se vuelva a repetir.

Lo curioso es que Federer no fue un genio precoz. Comenzó a jugar a los catorce años y en ese momento no sabía muy bien si prefería el tenis al hockey o al fútbol. Pero cuando vio la final de Wimbledon de 1989 que jugaron Boris Becker y Stefan Edberg, quedó convencido de su verdadera vocación. Nueve años después se coronó como el mejor jugador juvenil del mundo. En 1999, entró al grupo de los cien primeros de la clasificación ATP y ganó su primer título en Milán. En ese mismo año los expertos comenzaron a fijarse en él, pues derrotó a Sampras en Wimbledon, algo que parecía imposible: el estadounidense sólo perdió cuatro partidos en ese torneo en toda su carrera.

Sin embargo, algo fallaba todavía en la estructura del jugador suizo: su carácter. Federer era temperamental y estallaba con facilidad. Eso cambió en 2002 cuando Peter Carter, el entrenador que le enseñó a jugar, murió en un accidente. Entonces la perspectiva de Federer dio un giro: se convirtió en un iceberg en la cancha, como Borg, Mats Wilander o Ivan Lendl.

Y de paso se hizo imbatible. En 2003 ganó ocho títulos y en 2004 tuvo una temporada fenomenal: venció en tres Grand Slams, en el Torneo de Maestros y en otros ocho torneos. En diez meses de competencia apenas perdió seis partidos. Ese año espectacular sólo es comparable a lo que hicieron Laver en 1969, Jimmy Connors en 1974, John McEnroe en 1984, Wilander en 1988 o Sampras en 1996. Desde entonces ha mantenido un nivel asombroso y ha dominado a todos sus rivales sin problema.

O a casi todos. Rafael Nadal es el único que le ha puesto resistencia. Pero la carrera de Federer no se puede entender sin la presencia de su rival español: al fin y al cabo todo gran héroe necesita una némesis. Gracias a Nadal las victorias de Federer son más significativas.

David Foster Wallace escribió un ensayo sobre Federer en 2006. El escritor estadounidense —que se suicidó el año pasado y era gran conocedor del deporte— dice que el suizo comparte una cualidad con Maradona, Michael Jordan o Mohamed Alí: la capacidad de desafiar las reglas de la física. Dice que estos grandes atletas tienen un dominio superior sobre sus cuerpos y que eso les permite flotar en el aire, ser más veloces o anticiparse a los movimientos. “Le ha dado, figurativa y literalmente, un nuevo cuerpo al juego y, por primera vez en años, el futuro de este deporte es impredecible”, concluye. Efectivamente el suizo cambió el tenis para siempre. Y lo hizo en una época en la que el juego es cada vez más exigente y los tenistas son cada vez más competitivos.

Ver jugar a Federer es como estar frente a una obra de arte. Porque, como los grandes, está un paso adelante y nos recuerda que el deporte no es sólo una prueba de fuerza física. Es también una cuestión de sutileza.

 

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