¿Cómo va el virus en las democracias?

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Según openDemocracy, en la actualidad cerca de 2.000 millones de ciudadanos viven en países donde sus congresos están en suspenso o con actividad condicionada como consecuencia del COVID-19. Esta situación también golpea de forma directa a otras actividades de la vida democrática mundial. Los jueces están en un vaivén, el sistema económico sufre fuertes lesiones, los medios de comunicación ejercen su función en el marco de las restricciones para proteger su valiosa fuente de información: la salud de sus periodistas. Las leyes que determinan cómo superar la crisis en muchas naciones se hicieron en el marco de emergencias sanitarias o económicas. Para rematar, muchos de estos países tuvieron que cambiar el calendario electoral. Tan solo en América Latina, diez elecciones fueron postergadas. El virus contagió hasta las urnas.

En nuestra región, el 2019 fue el año de la agitación social. En nueve naciones se realizaron protestas por estancamiento económico, corrupción y desigualdad. Una agenda que podríamos definir como la “primavera latinoamericana” quedó inconclusa o en suspenso por el coronavirus. Una serie de ilusiones políticas, que en últimas son las que sirven para redefinir la vida democrática, se congelaron. Con el añadido de que el voto, árbitro en todo sistema democrático, también entró en cuidados intensivos. Un ejemplo de todo esto es el riesgo de la posible mezcla entre soluciones plebiscitarias y elecciones generales, caso Chile, donde la consulta para reformar la constitución puede chocar con la jornada de votaciones generales. Un escenario que no serviría sino para potenciar la división entre chilenos ya que el plebiscito debió ser el 26 de abril, la nueva fecha está prevista para el 25 de octubre, pero su realización depende del rebrote del nuevo actor político mundial: la pandemia.

Siguiendo la situación suramericana, otra tierra que está en una encrucijada en materia de legitimidad de su sistema democrático es Bolivia. Luego de la salida del poder de Evo Morales, quien gobernó a los bolivianos 13 años, la solución a ese difícil trance no se ha resuelto. La presidente interina, Jeanine Áñez, sostiene que las elecciones deben postergarse uno o dos meses más y la responsabilidad de hacerlas recae exclusivamente entre los aspirantes a la presidencia. Es decir, la parlamentaria-presidente-interina, siguiendo las recomendaciones sanitarias, se “lava las manos” y deja las consecuencias del contagio al sufragante entre los potenciales candidatos. Con un complemento: Áñez ha mostrado interés de querer seguir en el poder.

Y llegamos al vecino, Venezuela. Los expertos coinciden en los riesgos de una votación bajo el régimen de Nicolás Maduro. Tan solo hace unos días se conocieron los “cambios” que, originados desde el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), se realizaron al Consejo Nacional Electoral venezolano. Primero, esa función constitucional recaía en los poderes de la Asamblea Nacional Bolivariana de Venezuela, pero de un plumazo el mismo TSJ declaró al organismo legislativo en desacato. Segundo, los nuevos consejeros electorales son prenda de garantía únicamente para Maduro. Las condiciones y el cronograma para que los venezolanos ejerzan el voto están circunscritos exclusivamente a los deseos de un dirigente poco afecto a escuchar las voces de los opositores. Por eso resulta difícil entender cómo algunos creyeron que Donald Trump podría hablar de una salida pacífica del morador de Miraflores. Para no mencionar la forma dictatorial como han manejado la pandemia. Resultados y leyes que no se asemejan a las de una nación de estos tiempos, pero sí refleja de forma clara el fondo y la forma del “socialismo del siglo XXI”

El panorama de miedo y ansiedad por encontrar una salida en materia de sanidad al COVID-19 no nos puede hacer olvidar que podríamos estar incubando otra pandemia: la resignación de los extremos.

@pedroviverost

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