Por: Beatriz Vanegas Athías

Cómodos en la barbarie

No llamaría a esto (la barbarie, la infamia) que diariamente sucede en Colombia un comportamiento animal. Pienso en los siglos de persecución, de maltrato, de asesinatos, de torturas como diversión a los que el llamado humano ha sometido a los llamados animales. Son el hombre y la mujer los únicos seres que matan por diversión, lo dijo mejor Gloria Fuertes en su cáustico poema Preescolar: “No olvidar / que el hombre es el único animal / que bebe sin tener sed, / que mata sin tener hambre… / Total: / no olvidar / que el hombre es el único animal”.

Somos quienes hemos pervertido a los perros, a los gorilas, a las ballenas, a los gallos, a los burros, a los loros, a los elefantes. Los entrenamos para que maten a nuestros semejantes, los torturamos para que diviertan a los semejantes (recuerdo aquí ese clásico de Elsa Bornemann, Un elefante ocupa mucho espacio), los devoramos y encima despilfarramos sus cuerpos para el culto a la vanidad: “Si cantara la mariposa / tal vez tendría / que sufrir en una jaula”, dice el sabio haikú. Pienso en la fabulosa novela corta de la escritora argentina Graciela Montes, Aventuras y desventuras de Casiperro del Hambre, narrada en primera persona por el Orejas, un perro callejero cuya única compañía eran el hambre y la lealtad para sobrevivir al día junto a sus amigos el Huesos y la Negrita, siempre llenos de confianza hacia los humanos, sentimiento que él, el Orejas, no compartía: “Mis compañeros miraban sin recelo, con esa absurda confianza que mi especie insiste en depositar en los humanos. No era mi caso: yo conocía bien el final de la receta…”.

Nuestro imprecador proverbial Fernando Vallejo ha dicho en más de una de sus peroratas que los humanos nada que ver con la ética, que eso es puro discurso sin asidero o peo de mariposa (como diría la niña Amely Athías), porque la relación que históricamente el llamado humano ha sostenido con sus semejantes llamados animales ha sido infame. De tal suerte que sólo dignificando nuestras relaciones con los que damos en llamar animales habría cabida para una ética y hasta para una moral.

No es raro pues que este animal llamado humano colombiano esté exacerbado contra todo aquel que intente relaciones más humanas y amenas con los animales y los sitios donde ellos habitan: el río, el monte, el páramo, la selva, la playa, el manglar, la montaña, el llano, la sabana.

No es raro entonces que este gobierno de una derecha animal y salvaje asesina por acción u omisión (da lo mismo ya) a los indígenas del Cauca por “no permitir la minería, no permitir el narcotráfico, no permitir la presencia de grupos armados criminales, no permitir el atropello del gobierno propio”, como dijo el senador indígena Feliciano Valencia durante el sepelio ocurrido en estos días de dos indígenas nasa.

No es raro entonces que la policía de Nariño confirmara el asesinato del docente José Cortés Sevillano en el corregimiento de Llorente, zona rural de Tumaco, sobre el que RCN Radio informó que “José Cortés Sevillano era licenciado en educación física y también era el presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda El Carmen, su trabajo lo centró en lo social y en el apoyo a comunidades menos favorecidas”.

No es raro entonces que no haya autoridad legal que haga cumplir con las obligaciones de ayudar a vivir a los usuarios de esa máquina de muerte que es la EPS Medimás. Al menos no en Bucaramanga en donde, de acuerdo con los informes diarios que el noticiero del canal regional TRO ha hecho desde hace casi dos meses, cada día mueren tres usuarios de esta máquina de muerte financiada por el Estado en Santander.

Suena demencial, pero Colombia parece vivir cómoda en la barbarie.

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