Por: César Ferrari

Complejidad y economía

Con demasiada frecuencia se asume que el mundo es sólo una suma de partes. Se desconoce que es un conjunto de elementos múltiples y variados que interactúan y se retroalimentan en forma permanente y dinámica.

En consonancia con esa visión parcializada se asume que las realidades de la sociedad tienen una sola dimensión y se las estudia desde una sola perspectiva. Grave error, toda realidad social es compleja: no es solo económica, es también política, sociológica, antropológica, ética, estética, biológica, para mencionar algunas. Por ejemplo, las decisiones supuestamente económicas no son económicas, son siempre decisiones políticas que afectan variables económicas y sociales e implican confrontes éticos.

Los fenómenos sociales tampoco son estáticos, son dinámicos: lo que ocurrió ayer condiciona lo que ocurre hoy, y lo de hoy condiciona lo de mañana.

Tampoco son determinísticos, como podrían ser las realidades físicas. Están repletos de incertidumbres porque involucran a los seres humanos: nuestras decisiones son siempre una mezcla de racionalidad y emocionalidad y esta última es impredecible. La propia teoría económica lo reconoce: la teoría del consumidor supone que escogemos y compramos bienes y servicios de forma racional con la finalidad de maximizar nuestro bienestar, pero lo hacemos según nuestras preferencias que están definidas por nuestras instituciones, historias, culturas y, en últimas, por nuestras más profundas voliciones.

De tal modo, mirar los fenómenos sociales desde la parcialidad, y no desde su complejidad en forma holística, sistémica y dinámica, conduce siempre a decisiones equivocadas. El siguiente ejemplo lo ilustra.

Hace algunos años, en 1998, para financiar la capitalización de la banca, maltrecha por errores previos de política económica, se estableció en Colombia, de forma temporal, el llamado gravamen a las transacciones financieras en una tasa de dos por mil. Más adelante, se elevó la tasa a tres por mil, luego a cuatro por mil, y en la reforma tributaria de 2016, lo que fue supuestamente temporal y reducido, cuya tasa había sido duplicada a lo largo de los años, se convirtió, finalmente, en permanente.

Resuelto el problema de la capitalización bancaria, los gremios asociados a la banca comenzaron, hasta la fecha, a solicitar la eliminación del gravamen al que llaman “antitécnico”. Su argumentación gira en torno al desincentivo que el gravamen produce para la realización de transacciones financieras a través del sistema bancario. La razón es obvia: para evitar el impuesto, los agentes económicos prefieren realizar transacciones en efectivo, lo cual reduce sus depósitos en los bancos, con lo cual estos tienen menos recursos, otorgan menos créditos y a tasas mayores. Todo ello significa menos operaciones bancarias y, por lo tanto, menos ingresos y menos utilidades para los bancos.

Sin embargo, esa argumentación lógica no parece haber sido de mayor impacto pues los diversos gobiernos, aquí y en casi toda América Latina, antes que eliminar el gravamen lo aumentaron y lo convirtieron en permanente. Lo que sucede es que estos “descubrieron” que el gravamen era de fácil e inmediata recaudación. Y como los gobiernos son más fuertes que los gremios bancarios y la población no entiende por qué los bancos deben ganar más, prevaleció el criterio gubernamental y el gravamen no solo se mantuvo, sino que se aumentó y convirtió en permanente. Y el debate quedó ahí.

Pero esos no son los verdaderos problemas que este gravamen ocasiona. Ciertamente, reduce depósitos y créditos, induce aumentos en la tasa de interés y menores utilidades en los bancos. El problema fundamental es que menores créditos implican menos ingresos disponibles en las personas y en las empresas, con lo cual unos y otros consumen e invierten menos y, por lo tanto, se vende menos en los mercados y, en consecuencia, se produce menos. A su vez, una mayor tasa de interés eleva los costos financieros de las empresas lo que reduce su competitividad y, así, reduce sus ventas mucho más. Todo ello conduce a más desempleo y subempleo. Más aún, como se vende menos y se produce menos, se recauda menos por impuesto a las ventas e IVA, pero como las empresas hacen también menos utilidades, pagan menos impuesto a la renta. Mejor dicho, lo que parece fácil de recaudar se pierde por una menor recaudación en los otros impuestos.

Analizar parcialmente el gravamen desde el punto de vista de su fácil recaudación versus menores utilidades bancarias esconde el verdadero problema: el gravamen acaba generando más desempleo y subempleo y, por lo tanto, aumenta la conflictividad social, pero además acaba reduciendo la recaudación que supuestamente facilita. Como cualquier fenómeno social, éste debió y debe analizarse en su complejidad y no en parcialidad.

En economía diríamos que el análisis de equilibrio parcial de cuestiones económicas, es decir, el que considera un solo mercado, es incompleto y conduce a error, y, siempre, debe considerarse el análisis de equilibrio general, mejor dicho el de todos los mercados actuando simultáneamente y afectándose recíprocamente en forma dinámica. A lo cual habría que añadir que el análisis debe complejizarse más aún, pues debería considerar también, por lo menos, los aspectos políticos, sociales y, sin duda, los éticos.

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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