Por: César Ferrari

Complejidad y educación

Escribíamos en una columna anterior que con demasiada frecuencia se desconoce que el mundo y sus problemas son conjuntos de elementos múltiples y variados que interactúan y se retroalimentan en forma permanente y dinámica y que, por lo tanto, deben estudiarse en su complejidad.

Para ilustrar la aseveración mostrábamos lo ocurrido con el gravamen a las transacciones financieras y sus consecuencias. Señalábamos que, ciertamente, es fácil de recaudar y, desde otro punto de vista, reduce depósitos y créditos, induce aumentos en la tasa de interés y menores utilidades en los bancos. Pero, decíamos, eso no es lo fundamental. Lo fundamental es que al aumentar los costos financieros de las empresas reduce su competitividad, su capacidad de ventas y sus utilidades. De tal modo, acaba generando más desempleo y subempleo, por lo tanto, aumentando la conflictividad social y, además, reduciendo la recaudación que supuestamente facilita.

Así, una visión parcializada del problema conduce a errores de política. Pero lo más grave es que esa visión parte de suponer que las realidades de la sociedad tienen una sola dimensión y, en forma consecuente, induce a estudiarlas desde una sola perspectiva, cuando toda realidad social es compleja: es económica y, al mismo tiempo, es política, sociológica, antropológica, ética, estética, biológica, ambiental, para mencionar algunas de sus dimensiones.

Mejor dicho, estudiamos mal porque enseñamos mal y viceversa, particularmente a nivel universitario. La enseñanza en la generalidad de las universidades sigue el esquema disciplinario organizado a través de carreras y, ante la evidente limitación que significa hablarles a los estudiantes solo de ingeniería, de filosofía o de economía para abordar los problemas del mundo real, se pretende subsanar dicha limitación a través de un número limitado de asignaturas de otras disciplinas que acaban siendo relleno curricular pues no están integradas con las demás para mostrar una visión multidisciplinaria y conjunta de los problemas del mundo real.

Pero no solo se estudia y enseña en forma parcial. Adicionalmente, la enseñanza, casi siempre, consiste en trasmitir elementos ajenos a los reales problemas de la sociedad, lo que acentúa los errores: lo que se enseña son teorías parciales y sus aplicaciones, la generalidad de las veces desarrolladas para explicar las realidades del mundo desarrollado, distintas a las del mundo en desarrollo. En las ciencias sociales, se ha hecho poco para construir teorías y aplicaciones situadas a las realidades latinoamericanas; lo que no significa que no haya teorías universales en las ciencias naturales, en la física o en las matemáticas. Sobre las primeras hemos olvidado lo que decía Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia”.

Esta forma de análisis, parcial y disciplinario, alejado de los problemas reales, no ayuda a resolverlos cuando el ahora profesional, antes estudiante, tiene que enfrentarlos en el mundo real. La solución de esa limitación exige repensar lo que se enseña y la forma como se enseña en las universidades, en particular en los pregrados. Una manera sería organizar en los dos últimos semestres talleres multidisciplinarios para analizar problemas reales buscándoles soluciones reales. En el primer semestre se diagnosticaría, en el segundo se construiría la solución y se iniciaría su aplicación con la participación de profesores y estudiantes de filosofía, ética, derecho, sociología, política, historia, economía, ingeniería, arquitectura, medicina, educación, para mencionar algunos. Es a partir de la observación y el análisis de esos problemas reales que podrían construirse teorías relevantes a las realidades del mundo en desarrollo.

Los problemas por analizar son innumerables en la medida en que son innumerables los problemas de la sociedad. Por ejemplo, ¿qué debería hacerse para que la economía crezca a tasas asiáticas y, así, aumente el ingreso de las personas aceleradamente? Ese es un problema económico, pero también es político, sociológico, antropológico, histórico, ético, ambiental, entre otros. O en otra dimensión, ¿qué se requiere para desarrollar un territorio alejado y pobre como La Macarena en el Meta, o un barrio periférico en Bogotá, Medellín o Cali? La solución tiene que ver, entre otros, con seleccionar producciones apropiadas a las capacidades locales, organizar procesos productivos sostenibles, diseñar y construir centros poblados, acueductos, plantas de energía, disposición de desechos, así como organizar a productores y consumidores de acuerdo con la legalidad, diseñar y aplicar programas educativos y de salud apropiados para pequeños poblados y poblaciones dispersas, y, sin duda, estimar su factibilidad económica, política, social y ambiental.

Todo ello con la finalidad de elevar el bienestar y el nivel de vida de la población: la gente como finalidad de la política, de la acción colectiva y de los estudios universitarios.

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

 

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