Por: Juan Carlos Gómez

Compre la orquesta

En el mundo moderno no es sorprendente, pero sí muy lamentable la muerte lenta de las orquestas sinfónicas o filarmónicas.

Superado hace ya muchas décadas el mito del elitismo, su existencia es evidencia de valores culturales que de ninguna manera pueden desaparecer. La razón de este panorama no sólo es consecuencia de la crisis económica, sino también del cambio de hábitos y de la falta de formación de las nuevas generaciones de público.

El magazín Standpoint en su última entrega ofrece un artículo de Norman Lebrecht en el cual se relata que, salvo casos excepcionales como el de la Filarmónica de Berlín, que cuenta con un presupuesto anual de 34 millones de euros, la situación económica de las grandes orquestas es angustiante. La de Filadelfia se acogió a la ley de quiebras. La orquesta East-West Divan, que dirige Daniel Barenboim, está a punto de perder en España el presupuesto del cual depende su existencia.

Esta situación de los países ricos de Occidente contrasta con lo que sucede en Oriente. Allí se vive un auge impresionante de la música clásica. En China cada año se crean seis nuevas orquestas y en Corea del Sur, las ventas de música clásica representan el 18% del mercado total, mientras que en Estados Unidos son sólo del 2%.

A diferencia de lo que sucede en otros países del mundo, las orquestas sinfónicas o filarmónicas en Colombia dependen casi que exclusivamente del presupuesto público y no reciben mayores subvenciones de la empresa privada. Durante sus casi 45 años de existencia la Orquesta Filarmónica de Bogotá ha tenido la fortuna de mantenerse vigente gracias a que, como entidad pública, cuenta con un presupuesto que garantiza su permanencia. La Sinfónica de Colombia, que depende del presupuesto nacional, no ha corrido la misma suerte y últimamente ha tenido que reducir a menos de la mitad el número de sus músicos. Es lamentable.

La publicación que comentamos reseña el excelente trabajo que realizan en las comunidades pobres los directores de orquesta Simon Rattle, en Berlín, y Gustavo Dudamel, en Los Ángeles. Su labor es una muestra del poder que en pleno siglo XXI puede llegar a tener la música clásica para la formación del tejido social.

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