Comunicando la pandemia

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Empezamos una nueva etapa de la pandemia en donde las restricciones se reducen y se vuelve esencial el autocuidado. Muchos estamos exhaustos. Este cansancio viene no sólo del encierro y la angustia que han traído el virus y la subsecuente crisis económica, sino también de la profunda incertidumbre a la que estamos sometidos. Y, claro, esta incertidumbre hace parte inherente de lo sorpresivo y desconocido del virus y del aprendizaje que el mundo entero ha tenido que hacer sobre la marcha. Sin embargo, hay una parte importante de la incertidumbre que, en el caso nacional, ha venido de la incapacidad comunicativa de nuestros gobernantes. Una incapacidad que no se trata realmente de falta de claridad sino de propósito. El problema de fondo de la comunicación pública ha sido el poquísimo esfuerzo por persuadir a la ciudadanía de que lo que se está haciendo es lo mejor y vale la pena.

Pensemos, por ejemplo, en la prohibición de los vuelos internacionales. Esta política, que tuvo originalmente su razón de ser, luego pareció arbitraria. Hacía rato que los casos en Colombia habían superado aquellos de los países que en un momento fueron foco del virus. No había más riesgo de que el virus llegara por avión a que llegara por la vuelta de la esquina. Sin embargo, las fronteras siguieron cerradas. Hay familias separadas desde hace seis meses, personas con allegados enfermos, otros con sus visas vencidas y con temor de perder por siempre la posibilidad de entrar de nuevo a algunos países, gente en medio de una pandemia sin seguro médico, personas sin un techo donde escampar, miles sin poder trabajar, y así continúa la lista. La pregunta es razonable: ¿fue lo mejor tardar tanto en abrir fronteras? ¿Fue una medida que valió la pena?

La tecnocracia tiene muchas virtudes. Entre las más importantes está que aquellos que se prepararon por años para hacer una tarea sean de hecho los que estén a cargo de ejercerla. Pero tener epidemiólogos diciendo que la mejor política es una, y no otra, no le quita al Gobierno el deber de justificación ante los ciudadanos. No, no basta con decir: “Consultando con los expertos”. Hay que decir qué se consultó, cuáles fueron las alternativas que se contemplaron y por qué se eligió un camino de acción y no otro. Nosotros, los ciudadanos, no somos una piedra en el zapato a los que “se maneja” mientras se dirige el país. Nosotros somos el país. Y para que el país funcione nos deben convencer de que caminemos detrás de las políticas de gobierno. Los “anuncios” no bastan. Hay que dar las razones que justifiquen suficientemente esos anuncios.

Sí, hay mucho político de maquinaria y no tanto de opinión y es verdad que la maquinaria “aceita”, no explica. Pero las cosas están cambiando y con tanta gente dependiendo de las decisiones diarias de los gobernantes, quizás el cambio se acelere y sean más los políticos que tengan que salir a dar razones. No se trata de ser impacientes ni intransigentes. Es razonable que las políticas cambien y que las fechas sean tentativas, pero hay que decir por qué lo son. El recurrente “vamos mirando” debe venir acompañado de qué vamos mirando y por qué. De lo contrario, nos están tratando como a los niños a los que los papás les embolatan el permiso. Y no, no somos niños. Así suene a clase de constitución y democracia, de nosotros emana la soberanía que ustedes representan y darnos razones es una obligación, no una cortesía.

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