Santiago Bernal: cantante bogotano que fusiona diferentes géneros musicales con aires flamencos

hace 1 hora
Por: Alberto López de Mesa

Comunidades callejeras

Bogotá, iniciando el siglo XXI, padeció la diáspora oprobiosa de los marginados, indigentes, jíbaros del narcomenudeo, mendigos, reducidores, delincuentes, pelafustanes, gamines, basuriegos, recicladores, miles de miserables, que en la primera alcaldía de Enrique Peñalosa, debieron ser desalojados de la parte norte del barrio Santa Inés, conocida como la zona del “Cartucho”, sector que fue demolido para construir el actual Parque Tercer Milenio. Llovieron los derechos de petición y los debates en todas las instancias del control político, exigiéndole al alcalde pronta y eficaz solución a la intimidante diáspora de ñeros por toda la ciudad.

$8.000 millones, de ese entonces, se destinaron para superar la emergencia social que generó el operativo en el cartucho. Ningún barrio quería que en su zona quedara alguno de los centros en los que se atendería a la población recién salida del averno, así que hubo que dialogar con los vecindarios hasta concertar que las casas quedarían en lugares distantes de zonas comerciales, escolares o residenciales. Y para no generar conglomerados indeseables, los usuarios deberían ser recogidos en sus parches y transportados en vehículos.

Con esa condición empezaron a funcionar varias casas. El Idipron era la entidad más idónea para asesorar la superación de la crisis, pues en sus 30 años de existencia solucionó el problema de los gamines (niños que vivían en las calles bogotanas). Su director, el padre Javier de Nicoló, dispuso la Unidad El Oasis como centro de atención para adultos; el Bienestar Social del Distrito adecuó un predio para el hogar de paso Vida Libre, creó la Comunidad Terapéutica El Camino. El hospital Santa Clara dispuso su pabellón de enfermedades mentales, para atender casos problemáticos de adicción a las drogas de poblaciones marginales, de hecho, sicólogos, sociólogos y terapeutas claretianos se apersonaron de la rehabilitación de los adictos callejeros, cuya moralista y equivocada concepción de las adicciones a las drogas todavía se usa pese a que los buenos resultados se cuentan con los dedos de la mano. La Cruz Roja operó un hogar de paso día y noche para mil personas, el más asistencialista y oneroso que existió; la corporación Orientar manejaba un hogar día en la calle 52 con Caracas y abastecía la unidad “Balcanes” en San Cristóbal, con opciones de emprendimiento inclusivo.

Dado que la constitución del 91 nos define como un “Estado Social de Derecho”, se requería una política pública, ahí debió oficializar la denominación “Ciudadano Habitante de Calle”, que caracterizaba y delimitaba la población a atender.

La comprensión y al mismo tiempo la atención al fenómeno urbano “Habitante de calle” se ha ajustado en la misma práctica, corrigiendo sobre el error.

Insisto en que a las ciencias humanas les acompleja no ser ciencias exactas, por ello asumen los paradigmas como axiomas y les cuesta superarlos. Para el caso que aquí abordo, está visto que la porfía de rehabilitar a los adictos habitantes de calle, obedeciendo las políticas prohibicionistas, ha mostrado muchísimos más fracasos que buenos resultados, sin embargo, los sicólogos y terapeutas de los servicios institucionales, se niegan la opción de que se admita el consumo funcional y en muchos casos ritual cohesionador de los parches callejeros. Igual con los modelos de inclusión socio laboral, la empresa privada no es que se porte dispuesta a acoger habitantes de calle entre sus empleados, aún a sabiendas que sería mano de obra barata. El Idipron ha resuelto el asunto contratando como facilitadores o talleristas a egresados del programa de reeducación, los demás ofrecen si empleos en convenios con entidades del Distrito como la secretaria de movilidad para reparar avisos del tránsito y el Jardín Botánico para jardinería urbana; pero en general la inclusión socio laboral, es una piedra en el zapato. Los programas de la alcaldía nunca se apoyan en la experticia y los saberes desarrollados en la práctica de la vida en calle.

Estoy por creer que la denominación “Habitante de calle' ya cumplió su tiempo, ya no alcanza para interpretar las nuevas realidades que se viven en las calles, consecuencia de el posicionamiento del narcomenudeo, la popularización de la tecnología celular y ahora último, la llegada masiva de desplazados de Venezuela.

Conozco casos exitosos de comunicación entre recicladores y vecindario, porque entendieron que creando espontáneos pactos de convivencia: los que separan los residuos reciclables cumplen una función ecológica importante; estoy cercano a la orquesta Son Callejero, que sin estigmatización ha salvado la existencia de los grandes músicos que la integran, no bastante varios siguen en drogas; Coopetin es un caso exitoso de inclusión laboral a partir de la economía solidaria; también existen firmas de trueque, mingas y sobre todo modos de convivencia informal en algunas zonas de las localidades Santa Fe, Candelaria y Mártires, son marginados y sin techo que por su experticia colaboran con talleres de mecánica, con tenderos, lo peor es cuando lo hacen al servicio del narcomenudeo, pero en todos los casos se constituyen en grupos de conocidos entre si y por el vecindario como comunidades que se reconocen por sus nombres, se emparentan, algunos formalizan la dormida en paga diarios y la alimentación con los restaurantes baratos.

Por todo esto yo prefiero la popular y colombianísima expresión 'callejeros” para referirme a esas comunidades que al ton que les ofrece la vida han encontrado en las calles, no solo maneras de subsistencia sino una forma de ser.

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