Por: Alfredo Molano Bravo

Con acento regional

El paso podrá ser histórico. por ahora es el marco genérico de un acuerdo sobre participación política civil de las Farc.

La letra menuda estará en la nevera “hasta que se acuerde todo”, que es regla convenida por las partes. De ahí que sea tan malévola la reacción del uribismo al decir que la cosa es puro cagajón. Las Farc han aceptado entrar a la política sin armas y el Gobierno ha firmado defender esa decisión, inclusive con las armas —dijo un general—, lo que se debe entender como una referencia a los ejércitos que los buitres están armando en la costa. La validez de los consensos se basa en que hurgan en la entraña de la violencia: la exclusión política, en la que la tierra juega una destacadísima función. Las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz acordadas permitirán que los territorios excluidos y discriminados tengan voz y voto en el Legislativo, el camino para hacer a un lado la tesis de todas las formas de lucha en beneficio de una, la política, que no es sólo la participación electoral, sino la participación en el poder local a través de los Consejos Territoriales de Planeación. Estos dos acuerdos se complementan con otro: el acceso a medios de comunicación, en especial a los comunitarios. El pacto establece un justo equilibrio entre lo nacional, lo regional y lo local. En este nivel creo descubrir un acuerdo profundo sobre la vigencia plena de la Ley 160 de 1994, que crea la figura de Zonas de Reserva Campesina. Tal como queda implícito, las ZRC podrían ser consideradas, en adelante, células político-administrativas sin desmedro de los municipios. Podrían entonces elegir representantes a concejos municipales y asambleas; crear sus consejos territoriales para elaborar planes de desarrollo local y participar en los regionales, y tener sus propios medios de comunicación local, como las emisoras comunitarias. En el siguiente punto de la agenda, cultivos ilícitos, se podría acordar también la constitución de un cuerpo civil de orden y seguridad local para contribuir a la sustitución de la economía ilegal. La Policía Nacional está en mora de convertirse en un órgano del Ministerio del Interior, como lo propone, con conocimiento de causa, el profesor Francisco Leal. En lo que se llama el posconflicto, la Policía tiene que dejar de hacer trincheras en las escuelas y transformarse en cuerpo respetable y respetado que aloje en sus estructuras ciudadanos que han luchado por un ideal. El acuerdo no entiende la participación política como mera actividad electoral, sino como una forma de ejercicio del poder real —y sobre todo local—, lo que equivale a debilitar el centralismo. Aunque parezca una mirada decimonónica, la tensión entre federalismo y centralismo continúa vigente. En este sentido, el estatuto de la oposición cobra importancia; saca la discusión de La Habana y la orienta a que las fuerzas que están en desacuerdo con las normas actuales participen en creación de las nuevas. Un pluralismo significativo que quizá se podría aplicar como fórmula a otros temas, por ejemplo el de víctimas. El aforismo “todos en la cama o todos en el suelo” abre una posibilidad de pasar por encima de la concepción judicial de la víctima y afrontarla como un concepto histórico. La guerra se hace entre dos. O entre tres o cuatro.

No obstante, me queda grande el hecho de que mientras De la Calle logra acuerdos con las Farc, los ministros de Guerra y de Despojo Agrario sigan bombardeando la mesa de La Habana. Leyendo el acuerdo, creo que por primera vez coincido tanto con Uribe como con Mockus. Uribe ha confesado en Londres, después del abucheo con que lo recibieron y de que sus gorilas le cascaron a un manifestante, que está “desactualizado”. Por su lado, Mockus ha dicho que si las Farc confían en Santos, habrá que votar por él. Sería la última vez que la izquierda tiene que votar por el candidato menos peor.

 

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