Por: Santiago Montenegro

Con criterio de escasez

CUANDO ESTAMOS AD PORTAS DE una bonanza minero-energética y cuando vemos que el dólar rompió el piso de los $1,850, es útil recordar los mecanismos a través de los cuales opera la llamada Enfermedad Holandesa.

En primer lugar, al aumentar las exportaciones de recursos naturales, como petróleo, se crea un exceso de oferta de dólares que precipita un exceso de demanda por pesos y un exceso de demanda por bienes y servicios. Como consecuencia, el valor del dólar tiende a caer, el peso a fortalecerse y los precios a subir. La conjunción de estos efectos hace que las exportaciones diferentes al petróleo, como las flores y las de la industria, pierdan competitividad y se contraigan. Si el Banco de la República interviene comprando dólares podría evitar una apreciación nominal pero incrementaría la base monetaria y la cantidad de dinero, lo que, tarde o temprano, hace subir aún más el nivel general de precios y la apreciación de la tasa de cambio real. A este efecto, llamado el efecto gasto, hay que sumar el efecto de movimiento de recursos, que consiste en el capital, trabajo y otros recursos productivos que son atraídos hacia el sector de bonanza y que, por tanto, ayudan a contraer aún más al resto de la economía. En el caso del petróleo y otros minerales, que son intensivos en capital, no es de esperar que generen mucho empleo, pero sí van a atraer empleo altamente calificado, que saldrá de la industria y de otros sectores. Está documentado que dicho efecto de movimiento de recursos fue devastador para la economía cafetera y para la agricultura del altiplano nariñense cuando, por la bonanza de la coca en los años ochenta y noventa, miles de trabajadores se fueron a trabajar como raspachines al Putumayo y a otras áreas cocaleras.

Además, los precios de los recursos naturales son muy volátiles, lo que hace que dicha volatilidad se transmita a los precios relativos, como la tasa de cambio real. Esta volatilidad tiene costos porque hace más difícil calcular los sectores que se beneficiarán con los choques de términos de intercambio. Si son positivos, habría que esperar que se beneficien los no transables como la construcción y muchos servicios; si son negativos, se deberían beneficiar los transables diferentes a los mineros, como las flores, el café, la industria manufacturera. Ex ante un inversionista no sabe cuál sería el sector beneficiado, por lo cual cobra una prima de riesgo adicional que eleva su tasa de descuento y disminuye la inversión.

Pero también hay costos institucionales que son potencialmente muy dañinos. Robert Bates, de Harvard, ha enfatizado en los peligros de que el Estado se vuelva un distribuidor de rentas y de que se fortalezcan los ministerios del gasto a costa del Ministerio de Hacienda y de las entidades, como el DNP, que planean a largo plazo y que cuidan de que no se relajen los criterios para escoger proyectos de inversión pública. A quienes creen que todos estos efectos no tendrán importancia, hay que recordarles que muchos sectores transables intensivos en mano de obra y que dependen de la tasa de cambio, como las flores, están ya en una situación crítica. Por todas estas razones, la bonanza habrá que manejarla con un criterio de escasez, que no es otra cosa que la regla fiscal, un fondo de ahorro en el exterior, reforma a las regalías y buenos principios para escoger los proyectos de inversión pública. Si no tomamos estas medidas, la historia dirá que la bonanza se manejó, no con un criterio de escasez, sino con escasez de criterio. 

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