Con el disfraz de bonachón

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Para nadie es un secreto que el presidente Duque ha sido un mandatario totalmente desconectado no solo de la realidad nacional, sino de las necesidades de esta sociedad tan desigual y ávida de afrontar grandes transformaciones. Podría decirse que Duque lleva 27 meses en aislamiento, en distanciamiento social. En vez de asumir los grandes retos sociales, los evade.

Su radicalismo de derecha, sus ganas de volver trizas el Acuerdo de Paz, su poco liderazgo, su servilismo a las causas y a la persona de Uribe, su falta de carácter, sus pocos bríos para emprender los grandes propósitos nacionales en la búsqueda de un país más igualitario, su deshonestidad al querer hacer pasar como propias las obras de su antecesor y al echarle la culpa de todo lo que no es capaz de resolver han sido, en gran parte, las cosas que le han impedido al inexperto presidente obtener el respaldo y, sobre todo, el respeto de su pueblo.

Duque no solo está fundido sino confundido. Cree que agradando a unos pocos gobierna para todos. No distingue entre la empatía que debe generar un estadista en su pueblo a partir de su obra de gobierno y la búsqueda de comprensión hacia él usando como instrumento su infantil simpatía. En esa confusión, no logra separar al candidato de antes del presidente de ahora. Duque sigue creyendo que gobernar es saludar chocando la mano o el codo con la gente, besar señoras, abrazar ancianos y cargar niños, o disfrazarse de policía, paisa, indígena, cantante, guitarrista, tamborilero, futbolista o bailarín. Son asuntos distintos. Una cosa es hacer maromas en campaña para dar la idea de ser bonachón y simpático, y otra es comportarse como estadista y actuar en consecuencia. Lo primero da votos, permite ganar elecciones, da réditos en el corto plazo, pero lo segundo es lo que al final necesita la gente, lo que le da éxito a una gestión, lo que hace trascender y salir en los libros de historia.

Es la diferencia entre la banalidad y la profundidad, entre la politiquería y las políticas públicas. La inexperiencia de Duque no se lo permite entender. Ya es tarde.

Tan poco lo entiende, que durante los últimos nueve meses se ha disfrazado de presentador de televisión en un programa que no es más que un inútil sistema de comunicar y un total abuso con el país. No existe en el mundo un solo presidente en esas.

¿Alguien se ha puesto a pensar por qué en el mundo solo a él se le ha ocurrido hacer un programa diario de una hora durante nueve meses? ¿Será que es un genio de la comunicación y con ello descubrió lo que nunca nadie había logrado advertir? Salvo como exótica forma de sobreinformar, saturar y generar falsa fidelidad entre sus gobernados, el programa no ha servido para nada, o casi nada.

Por un lado, no ha sido un mecanismo comunicacional contundente para obtener cifras sobresalientes en el manejo de la pandemia, pues es claro que ello ha sido un desastre. Colombia es el octavo país con más contagios oficiales en el mundo y el undécimo con más muertos, y uno de los primeros en muertos por número de habitantes. Según los expertos, vamos galopando sin desviar el rumbo hacia una segunda ola de contagios y futuras cuarentenas, en medio de una economía reventada.

Por otro lado, cuando la pandemia empezó, la popularidad de Duque estaba en niveles inéditamente bajos para los primeros meses de un presidente, que solo logró sacar del sótano por la crisis, pero transitoriamente, como lo revelan las últimas encuestas. La de Cifras y Conceptos muestra que la realidad es otra. Duque va rumbo al sótano en donde estaba: dos de cada tres colombianos tienen una imagen desfavorable de él, al tiempo que tres de cada cuatro menores de 35 años creen que es un paquetazo, y no se equivocan, lo cual no solo es una vergüenza sino una traición generacional tratándose de un presidente joven como él.

Duque es un verdadero paquetazo disfrazado de bonachón. Y la gente ya lo sabe.

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