Con el pecado y sin el género

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MIAMI. Después de tanta alharaca, el uribismo trumpista, o el trumpismo uribista, se quedó con el pecado y sin el género. Sencillo: Estados Unidos no es el sur de la Florida.

Pero desde el presidente Iván Duque, pasando por Pachito Santos, y terminando en el señor resucitado de El Ubérrimo, todos creyeron que el empujoncito criollo en las pasadas elecciones presidenciales del 3 de noviembre, podría influir de manera importante en la reelección de Donald Trump. Incluso, ya Daniel Samper Pizano vaticinó que los demócratas le pasarán cuenta de cobro al subpresidente por haber metido sus narices en el proceso electoral gringo.

Y para sustentar su teoría recuerda que al gobierno demócrata de Harry S. Truman no le gustó en lo absoluto la victoria electoral, en 1950, de Laureano Gómez, por las terribles preferencias políticas e ideológicas del Monstruo. “Laureano había sido entusiasta defensor del Eje (Hitler-Mussolini-Hirohito) en la II Guerra Mundial y sus notas contra los judíos en El Siglo despedían pestilencias nazis. De modo que, al subir Gómez, los documentos internos gringos hablaban de que el nuevo presidente no era propiamente un amigo sino un fascista”, escribió Samper en su columna en Los Danieles. Esas simpatías eran una afrenta para un país que se había empleado a fondo en la derrota de la barbarie del Tercer Reich. Y por eso Truman se distanció del gobierno de Laureano, e incluso se pensó que podría vetar la compra de armamento para continuar la violencia en Colombia. Ante tal posibilidad, el nuevo gobierno conservador buscó congraciarse con el mandatario estadounidense enviando un importante contingente de soldados a combatir en la guerra en Corea, según señaló el columnista basado en la tesis de grado en la Universidad de Notre Dame del magistrado auxiliar Carlos Horacio Urán.

Comparar ese vergonzoso episodio histórico con el apoyo del uribismo al derrotado mandatario naranja, es por lo menos una exageración. Pero se ha convertido en gran tema político.

En la Florida, en 2018, había 248.000 colombianos registrados para votar, según cifras del Pew Research Center. Si bien es cierto que Trump barrió en el Estado del Sol, en el Condado Miami-Dade (donde reside un número importante de compatriotas) perdió por una diferencia de siete puntos frente a su contrincante, el demócrata Joe Biden. De todas formas, la victoria del exvicepresidente y ahora presidente electo fue por un margen muy estrecho en comparación con lo obtenido, en 2016, por Hillary Clinton: ella ganó ese condado por 30 puntos de diferencia contra su adversario, el hoy derrotado Donald Trump, quien está dando una de las batallas más sucias en la historia electoral de Estados Unidos con el propósito de deslegitimar el impecable triunfo de Biden. A propósito: él próximo inquilino de la Casa Blanca se acerca a obtener 80 millones de votos, o el 52% del electorado en los pasados comicios. Esa cifra no tiene precedentes en la patria de Washington.

En los distritos electorales 26 y 27, pertenecientes a dos escaños en la Cámara federal, y localizados en Miami-Dade, los dos candidatos republicanos derrotaron a las representantes demócratas que buscaban la reelección. La periodista de origen cubano María Elvira Salazar (distrito 27) obtuvo el apoyo directo de Álvaro Uribe, y Carlos Giménez (distrito 26), nacido en Cuba, recibió una llamada de felicitación del expresidente y exsenador colombiano, hecho que quedó registrado en un video divulgado en Twitter. En las dos circunscripciones electorales los cubanos son mayoría, y por supuesto que ayuda el voto colombiano y venezolano para cualquier candidato que quiera triunfar.

Pero en términos absolutos, el voto colombiano es marginal. En Florida, cubanos y puertorriqueños, registrados para votar, son mayoría dentro de la comunidad latina: 916.000 y 859.000, respectivamente, de acuerdo con cifras del Pew Research Center para las elecciones de mitad de termino presidencial de 2018.

La Cámara Baja federal es de mayoría demócrata. Los dos nuevos representantes republicanos de Miami-Dade serán minoría. Por lo tanto, es de esperar que se opongan a las posibles políticas de Biden en Cuba y Venezuela, y no es claro si obstaculizarían cualquier esfuerzo de la nueva administración por apoyar el proceso de paz en Colombia y financiar varios de los proyectos bandera de los acuerdos, como la sustitución de cultivos. Es difícil pensar que los representantes y senadores demócratas dejaran de aprobar proyectos o entraran en contradicción con el gobierno de Duque, por la pírrica victoria del trumpismo en Florida.

Lo que sí puede pasar es que algunos congresistas demócratas le pidan cuentas al subpresidente por la persecución a defensores de derechos humanos, el asesinato de líderes sociales y desmovilizados de las antiguas Farc, y el alto número de masacres. Sin duda eso podría ser motivo de fricción entre Bogotá y Washington.

Tal vez el foco de la discusión debiera centrarse, más bien, en el papel del representante de los colombianos en el exterior. En la actualidad es Juan David Vélez, un disciplinado militante del uribismo más cerril y defensor a ultranza del gobierno de Trump. Es un anfibio político, porque puede hacer proselitismo uribista a nombre de los colombianos, y se emplea a fondo, de manera pública en todas las redes sociales, en una campaña en Estados Unidos por la reelección de Trump, sin que la ley colombiana se lo prohíba.

Vélez y sus copartidarios en Miami, bajo el ala protectora de Uribe, introdujeron con éxito el término “castrochavismo”, los republicanos se lo apropiaron, y fue una especie de abracadabra para demonizar a los demócratas. Es claro: si la madre Teresa de Calcuta decidiera lanzarse con las banderas de Biden en Florida, le aplicarían sin más el remoquete de comunista y socialista, títere de los “Castro y Maduro”.

La unión de polarizaciones – en Colombia y Estados Unidos – más el hecho de que por primera vez en la historia del Partido Demócrata un precandidato a la presidencia se declaró socialista (no importa si de lo que Bernie Sanders estaba hablando era de socialdemocracia), funcionaron muy bien para, por lo menos en el sur de la Florida, quitarle fuerza a la candidatura de Biden. Pero en el resto del Estado, su derrota fue producto de otros factores. No olvidar el detalle que el exvicepresidente ganó en los demás estados péndulo, y en Arizona y Georgia, antiguos bastiones republicanos. Y que el próximo 20 de enero se posesiona como el cuadragésimo sexto presidente de Estados Unidos.

¿Es sano para la diplomacia colombiana, para su política exterior, tener a un representante elegido por el voto de los colombianos que viven en otras naciones, actuando como una rueda suelta, buscando réditos políticos para su jefe (en este caso, Uribe) y metiendo los asuntos internos de su país en la arenga electoral venenosa y antidemocrática de Trump? ¿No debiera existir una prohibición clara para que ese representante no pueda apoyar de manera pública a candidatos o movimientos de otros países, así, como en el caso de Vélez, sea ciudadano estadounidense con el derecho a votar por el partido o líder de su preferencia?

La gran pregunta es ¿cómo hará la extrema derecha, representada por Duque en el gobierno, y por el uribismo en el Congreso, para dialogar con una nueva administración gringa muy distinta a la improvisación, falta de objetivos y de principios de la era Trump? Y de verdad que, a pesar de todo el escándalo por la “injerencia de Colombia en las elecciones de Estados Unidos” (un clásico de nuestro tropicalismo), poco o nada tendrán que ver en esa discusión los voticos que Biden perdió de los colombianos en Miami.

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