Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Con la vara que mides

INGRATA SUERTE LA DE QUIENES abandonan el poder y pretenden seguir ejerciéndolo desde sus cuarteles de retiro, como le viene ocurriendo a Uribe.

Su pretensión de impedir que en la ley de víctimas y de tierras se hable de conflicto interno armado, le está saliendo cara, y por eso anda vociferando en cada entrevista, como si por gritar se le oyera más o convenciera.

Mientras Uribe fue presidente no hubo nadie en el partido de la U que se atreviera siquiera a sugerirle que en Colombia sí hay un conflicto interno armado, o que intentara convencerlo de que admitirlo no significa que los terroristas dejen de serlo ni que las Farc inmediatamente se convertirán en una fuerza beligerante. Tampoco hubo un solo militar que pusiera en duda la tesis iracunda que José Obdulio le vendió a Uribe, según la cual aquí lo que hay es una “amenaza terrorista”. De columnistas mejor no hablar, porque con honrosas excepciones, aquí la mayoría de los opinadores no hicieron más que aplaudir el embrujo totalitario durante estos ocho años de satrapía, y a más de uno no le resultó mal negocio.

Bastó que el presidente Juan Manuel Santos —quien como ministro de Defensa nunca expresó reparo alguno al parecer de su jefe sobre este asunto— anunciara que aquí sí hay conflicto interno armado, para que todos los que antes pensaban lo contrario, salieran a apoyarlo. Lo más impresionante no es que se hayan volteado quienes se daban golpes de pecho con Uribe, sino la forma tan grotesca en la que han procedido.

Los militares, que en el gobierno pasado jamás hicieron seña alguna en contra de la postura de Uribe, ahora pregonan que a ellos les conviene que se hable de conflicto interno armado, porque entonces así pueden pasar a la ofensiva. Y si así es la cosa, ¿por qué no le dijeron a Uribe que cambiara de tercio, para que pudieran tomar la delantera en la guerra ? Prefirieron hacerse los locos, y en su lugar durante ocho años no cesaron de ponderar al jefe que supuestamente los entendía, los interpretaba y, claro, los adulaba. El almirante Cely tampoco se hizo sentir, porque de haberlo hecho, hoy andaría vestido de civil opinando sobre lo divino y lo humano, o diciendo sandeces para criticar a los jueces que han administrado justicia contra los sindicados de las desapariciones del Palacio de Justicia, como los exgenerales Bedoya o Valencia Tovar, o como el coronel (r) Plazas Vega, el único preso del mundo que concede ruedas de prensa para lanzar panfletos en su defensa.

Pero resultaron peor los líderes del partido de la U. Justificaron su cambio de actitud, alegando que lo hacían porque los militares así lo exigían. ¿Qué clase de colectividad política es esa, que de un gobierno a otro no es capaz de sostener una misma línea de pensamiento? Si alguien tenía duda, ahora quedó claro que la U es un partido de garaje, sin ideología diferente a la de estar en el Gobierno, no importa que para ello sea necesario padecer contradicciones y hasta el ridículo.

A Uribe merecidamente le está tocando beber del propio veneno con el que aplastó a quienes discrepaban de su Gobierno. Lo acompañan la cuadrilla de exsubalternos que están pidiendo pista en las cárceles, y no lo mirarán con indiferencia los Nule con sus poderosos abogados en la sombra, esos privilegiados reos que a pesar de estar respondiendo por un supuesto concierto para delinquir, el Estado les permite continuar juntos aun en prisión.

A propósito de abogados, tiene razón la columnista Cecilia Orozco en sus inquietudes sobre quiénes realmente están defendiendo judicialmente a los Nule y qué los ata con Bernardo Moreno, Edmundo del Castillo, Elvira Forero, Alicia Arango, Álvaro Dávila, Juan Lozano y otros más de la camarilla en el asfalto.

Adenda. Estremecedores los documentales de Mady Samper “El Cañón de los Hermosas” e “Indígenas paeces y yanaconas”, porque revelan el drama de los indígenas atrapados en el torbellino de los cultivos ilícitos, la miseria y la indolencia del Estado que los agobia.

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