Por: Mauricio Botero Caicedo

Con los pies en la tierra...

La abrumadora mayoría de los colombianos anhela la paz. Alberga, sin embargo, serias reservas sobre la conveniencia de una paz a cualquier precio.

Para situarnos en la realidad, puede ser oportuno reflexionar sobre un comentario del agudo columnista Jorge Orlando Melo (El Tiempo, nov. 21/13): “Y aunque la firma no acabe con el narcotráfico ni con la violencia, no resuelva los problemas de la economía o la injusticia social ni funde una nueva democracia, aunque no sepamos ni nos imaginemos cómo sería vivir en un país sin guerra, vale la pena ensayarlo”. Para el autor de esta nota, Melo tiene mucha razón: el hecho de que la paz no va a ser la panacea que muchos anhelan, no es ni puede ser óbice para buscarla.

Existe entre los colombianos el convencimiento de que la firma de la paz es el comienzo del fin del narcotráfico y la violencia, aunado todo ello a un vigoroso despegue de la economía. Aterricemos: en primer lugar el fenómeno del narcotráfico, donde las Farc han sido y son actores principales, no va a desaparecer con la firma de la paz, ya que mientras haya demanda, habrá oferta. Y el país puede tener la certeza de que los frentes de las Farc dedicados casi de manera exclusiva al narcotráfico van a seguir traficando, muy seguramente bajo otra “marca”. La entrega de la franquicia (¿farquicia?) no implica cambios en la actividad comercial. Es el “aviso” lo único que los narcoterroristas van a descolgar.

En segundo lugar, el pensar que a raíz de la firma de la paz la violencia va a disminuir, indica un nivel alto de ingenuidad o una candidez rayana en la demencia. En una nación predominantemente urbana, como vamos a ser, donde van a convivir el macro y el microtráfico en el entorno de una justicia permisiva y corrupta, es muy poco probable que disminuyan los altísimos niveles de violencia. Igualmente, no es probable que los frentes de las Farc que devengan sus ingresos de la extorsión se desmovilicen. Como mucho, descolgarán el “aviso” para reflejar su nueva “marca”.

En el campo económico, el Departamento Nacional de Planeación (DNP) estima que, una vez firmada la paz, el crecimiento del PIB en seis años pasará del 4,81% al 5,64%, y se generarán 1,36 millones de puestos de trabajo. Estas proyecciones se basan, sin embargo, en dos premisas dudosas, por no llamarlas erróneas: la primera es que al disminuir el narcotráfico y la violencia, necesariamente el presupuesto de Defensa y Policía va a disminuir. Esta disminución de violencia y narcotráfico, desafortunadamente, no se va a dar ni a corto ni a mediano plazo. La segunda premisa es que se va a mantener y profundizar el modelo de libre mercado. Lamentablemente, en La Habana se puede estar negociando un “modelo” que incorpore cambios que nos lleven a parecernos más a Venezuela que a Chile. (Nada se sabe, ya que el Gobierno no ha divulgado los acuerdos). De llegar el Gobierno a aceptar cualquiera de las pretensiones farianas que buscan imponernos el modelo del “socialismo del siglo XXI”, podemos tener la certeza de que, en vez de crecer, la economía se va a contraer. La razón es que el crecimiento futuro de nuestra economía está basado fundamentalmente en el agro, el comercio exterior y la minería, sectores en donde precisamente las Farc tienen las propuestas más retardatarias y primitivas. De aceptar los planteamientos de la guerrilla en lo económico, aunque sea de manera parcial, podemos tener la certeza de que el crecimiento va a ser una quimera.

 Apostilla: ¿alguien alberga la menor duda de que la columna Teófilo Forero no es la Oficina de Envigado de las Farc?

 

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