Con miedo y sin libertad

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La humanidad es asombrosa, ha logrado hazañas extraordinarias superando todos los desafíos y sobreviviendo a todo tipo de calamidades. Este no será su fin, pero como la historia de la civilización se cuenta en siglos y la de las personas en años, nos cuesta, sobre todo en las crisis, creer que una vez más saldremos adelante y que la vida triunfará. Lo que nos debe preocupar es cómo lo lograremos, qué sacrificaremos en el proceso y qué repercusiones tendrán nuestras acciones sobre nuestras vidas y sobre la vida de las futuras generaciones.

La humanidad lleva siglos tratando de construir sociedades democráticas, autónomas, creativas, equitativas y responsables, y, aunque todavía falta, ha avanzado significativamente en este propósito. También ha progresado en su proyecto de unirnos como colectivo, eliminando fronteras físicas y barreras culturales, sin someter al individuo. Sin embargo, en estos momentos la crisis está poniendo a prueba esta asociación y, como en un trabajo en grupo, si no asumimos cada cual nuestra tarea, el sacrificio de la actual y de las próximas generaciones será mucho más grande de lo necesario.

Lo que inquieta es que nuestro actuar esté siendo motivado no por esta responsabilidad que tenemos de cuidar a la humanidad, sino por el miedo individual. Nada más peligroso que el miedo. El mundo ya venía dando muestras del tipo de cosecha que se produce cuando una sociedad es manipulada por sus propios temores: líderes autoritarios, populistas y extremistas incluso en naciones con libertades consolidadas y democracias supuestamente sólidas. Evidentemente la epidemia asusta, y por eso como individuos debemos ser responsables cuidándonos y cuidando a los demás; pero lo que más atemoriza es la autorización que el miedo colectivo les brinda a quienes tienen poder, caldo perfecto para el autoritarismo.

Llevamos años peleando por el reconocimiento a la diferencia y el respeto de las libertades individuales. Siglos tratando de que no nos traten como rebaño, para que ahora, por el miedo, nos convirtamos todos en corderos. Los colombianos hemos crecido con miedo, lo hemos ido superando, pero ha tomado décadas. Llevamos años eligiendo mandatarios que de una forma u otra nos han manipulado con el temor a la guerra y a la inseguridad. Finalmente, cuando teníamos un país que avanzaba en su proceso de paz, parece que nos vamos a volver a entregar al miedo. Necesitamos gobiernos al servicio de todos sus ciudadanos y no gobiernos controlándonos, al servicio de unos cuantos, como lo muestran las medidas que se han tomado para proteger, por ejemplo, a los bancos y no a los hospitales, ni a los niños para que puedan continuar su proceso educativo y de desarrollo en estas circunstancias.

Cuando tenemos miedo nos gusta que nos protejan, que decidan y que piensen por nosotros. Es cómodo y la situación actual es perfecta para dejarnos mandar y controlar, pero si no recurrimos a la inteligencia, a la duda, al manejo de las emociones y a la responsabilidad, el impacto de esta pandemia será mucho más grande que el de la enfermedad misma. Además de perder vidas y sufrir un grave retroceso en la superación de la pobreza, perderemos también nuestra esencia: la libertad. Será un triste legado para la generación siguiente, que, en este momento y por culpa nuestra, ya está creciendo con miedo y sin libertad.

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