Con nazismo o melodrama, Bolsonaro quiere revolucionar la cultura brasileña

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Cómo habrá sido de bochornosa la metida de pata del secretario de Cultura brasileño, Roberto Alvim, que hasta el mismo Jair Bolsonaro, un político proclive a la incorrección y a la salvajada, se vio forzado a despedirlo. Ocurrió cuando el ufano Alvim se dirigía a la nación para anunciar los nuevos Premios Nacionales de Fomento a las Artes. “Cuando la cultura enferma”, dijo —dando a entender que la cultura actual en Brasil en efecto lo estaba—, “el pueblo enferma a su lado”. El remedio que proponía era una regeneración cultural enraizada en los mitos fundamentales de la patria. Obras que reivindicaran la nación, la familia, el coraje del pueblo y su profundo vínculo con Dios; obras que pusieran a la nación y su gente sobre los mezquinos intereses individuales.

Y entonces vino su momento estelar. Al borde del éxtasis, parafraseó las palabras con las que Joseph Goebbles, el líder de propaganda nazi, definía el arte que debía producir la Alemania de Hitler: un arte heroico y nacional, con envolvimiento emocional, imperativo y vinculado a las necesidades del pueblo. Para mayor ridículo, durante su alocución sonaba una ópera de Wagner. El pretensioso secretario de Cultura quería crear una nueva civilización brasileña y terminó despedido por emular a un nazi.

 

 

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