Por: José Manuel Restrepo

Con realismo, dejemos tanto pesimismo económico

Una de las enfermedades más graves de un sistema económico es el pesimismo y la falta de credibilidad en los avances en política macroeconómica.

Dicho sentimiento alimenta a su vez las expectativas a la baja, reduce los índices de confianza y propicia eventuales nuevas reducciones en la propia tasa de crecimiento de la economía que alimentan el círculo vicioso. En este escenario, lo más preocupante es que siempre hay interesados en alimentar el pesimismo para obtener réditos, alguno de los cuales son justamente la caída en el propio crecimiento.

En nuestro país ya aparecen algunos que prefieren ver el vaso medio vacío, sin objetivamente ver las cifras tal cual son. Se les olvida, por ejemplo, la caída vertiginosa de la tasa de desempleo y de la informalidad por más de 14 años y prefieren resaltar que en el último mes subió la tasa de desempleo para concluir que vamos mal en empleo. Critican también el crecimiento en el déficit comercial del país (sin decir nada de que es el resultado de la caída de los precios del petróleo a casi la mitad, producto que representa el 50% de la exportaciones) y con base en ello diagnostican que este es el resultado de la firma de TLCs. Nunca explican el detalle del petróleo y tampoco que las cifras de las exportaciones de los bienes distintos a los commodities no dan cuenta aún de resultados negativos en el aprovechamiento de los tratados. Obviamente, tampoco explican que el país con inversión extranjera (con tasas récord de crecimiento en años anteriores) ha compensado dicho déficit, y que aún hoy la inversión extranjera en sectores distintos al de minería e hidrocarburos sigue creciendo por encima del 15%.

Seguramente en su inviable modelito de economía cuasi cerrada, se imaginan un país que exporte mucho (en donde la tasa de cambio intervenida sea la fuente de competitividad) e importe poco por la vía de más aranceles. Y que de paso, también reciba menos inversión extranjera y desmotive la inversión interna, por cuanto el camino es gravar en exceso al gran generador de riqueza en la economía que es justamente el sector productivo.

A esa visión apocalíptica de la economía, se le olvida la estabilidad macroeconómica de la nación, desconoce los avances en reducción casi a la mitad de los índices de pobreza absoluta y relativa, el bajo nivel de precios, la casi duplicación de la clase media en los últimos diez a quince años. Activos todos ellos que son valiosos para enfrentar momentos de coyuntura como el actual, en la que se reducen los precios de lo que representa el 50% de las exportaciones, el 16% de los ingresos fiscales y el 5% del PIB.

La economía enfrenta un momento difícil, pero no necesariamente en ese marco que pretenden presentarnos algunos. Creció en este difícil primer trimestre en un 2,8% que estuvo por encima aún de los optimistas, y de persistir los esfuerzos del Plan PIPE y aún de la construcción de infraestructura y vivienda, seguramente nos llevará a un crecimiento anual de entre un 3 y un 3,5% que está muy por encima de la mayoría de naciones del mundo, del promedio latinoamericano, y de muchas naciones desarrolladas.

Lo anterior no esconde los desafíos que enfrentamos en materia fiscal, ni la necesidad de revisar la “regla fiscal”, ni las preocupaciones de excesos en las últimas reformas tributarias, ni la necesidad de nuevas fuentes de financiamiento y de impuestos en los próximos dos a tres años, ni las necesidades de animar proactivamente el crecimiento en industria, minería y agricultura.

Colombia, a pesar de todos los pesimistas y otros “carroñeros”, sigue siendo una nación donde pequeños ajustes lograrían impactos gigantes: un esfuerzo de inversión en infraestructura, certeza jurídica para las tierras y la inversión a gran escala en la altillanura, un mínimo control a la evasión, un esfuerzo para disminuir la informalidad empresarial y laboral, un atractivo similar al de México para minería, un ajuste así sea menor en tantas trabas al comercio internacional, un esfuerzo adicional en investigación e innovación y algunas más.

Podemos seguir estos últimos caminos, o seguir alimentando el pesimismo sin propuestas de construcción de país. ¡Escoja!

 

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