Por: Sorayda Peguero

Con un nudo en la garganta

Cuando llamaban a la puerta de una habitación de hotel en la que Celia Cruz y su esposo Pedro Knight se hospedaban, ella podía adivinar si uno de sus grandes amigos estaba al otro lado. Si el visitante era Tito Puente, Omer Pardillo o Johnny Pacheco, el llamado imitaba la percusión rítmica de la clave cubana. Tres toques. Dos toques. pa-pa-pa… pa-pa. La repetición seguía hasta que Celia Cruz aparecía con una de sus espectaculares túnicas de diosa africana. La muerte de Tito Puente la sorprendió en una habitación del hotel Alvear Palace de Buenos Aires. Llamaron a la puerta con ritmo de clave. Era Omer Pardillo. Al recibir la noticia, Celia Cruz quiso cancelar la actuación que tenía pendiente en el Teatro Gran Rex, soltar todo y volar de inmediato a Nueva York. Pero el empresario que la contrató dijo que ni hablar, que no había forma de justificar la anulación del concierto. Después de todo, Tito Puente no era un pariente cercano: “era solo un amigo”. Celia Cruz compró flores, rezó, gritó. Durante su actuación en el Gran Rex, le dedicó un homenaje de despedida a Tito Puente interpretando ¡Oye cómo va! Dos semanas después, estaba revisando su contestador automático. Sentada en una butaca de su apartamento de Nueva York, escuchó varias veces el mismo mensaje. Era la voz de Tito Puente que le decía: “Hasta luego, mi negra”.

Se conocieron en La Habana, a principios de los años 50. Él era un exitoso percusionista de Harlem, hijo de inmigrantes puertorriqueños, apasionado de la música cubana. Ella era la voz femenina de la Sonora Matancera, la hija de doña Catalina y don Simón, la estrella más luminosa del barrio habanero de Santos Suárez. Tito Puente y Celia Cruz grabaron ocho elepés y compartieron escenario en países como Alemania, Japón —donde ella no podía creer que el público coreara sus canciones—, Inglaterra y España. La colaboración musical que empezó con la grabación de un primer elepé en 1966, se transformó en una hermandad que perduró hasta la muerte del percusionista en la ciudad de Nueva York, el 31 de mayo del año 2000. Celia Cruz tenía que cantar en el Gran Rex 48 horas más tarde.

Uno suele soñar con lo que estuvo leyendo antes de irse a la cama. Supongo que pasa lo mismo con la música. La otra noche estuve escuchando música de Celia Cruz y Tito Puente. En mi selección de canciones sonó Celia y Tito, un tema que el dominicano Johnny Pacheco escribió para la voz de Celia Cruz y especialmente para un disco conmemorativo de Tito Puente: El número 100. Al final de la canción, con el sentimiento inspirado de los soneros de la vieja escuela, Celia Cruz le da las gracias a Tito Puente por el apoyo que le brindó cuando ella se marchó de Cuba, y lo reta a repicar los timbales sin medir las consecuencias: “¡Rómpelo, rómpelo, Tito, que Ray Delgado lo va a pagar!”.

En mi sueño la vi en un escenario cubierto de luces intermitentes. Llevaba su peluca azul cobalto, un vestido bordado con lentejuelas y una boa de plumas blancas alrededor del cuello. La boa era larguísima, caía extendida sobre la tarima, las dos puntas reptando en direcciones opuestas. Ella se movía con soltura, contoneándose, yendo de un lado a otro del escenario. En un momento del sueño, la boa empezó a tensarse, como si unas manos invisibles la estiraran con discreción. Y en la suave noche de Buenos Aires, Celia Cruz seguía cantando, cumpliendo con esa cláusula implacable que dice que, a pesar del dolor, el show debe continuar.

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