Por: Álvaro Camacho Guizado

Con Uribe o sin Uribe

LA MANERA COMO SE HA MANEJADO el proceso del referendo, caracterizado por las ofertas de beneficios personales, las apelaciones a la disciplina grupal, y los pronósticos de caos en la eventualidad de que no sea aprobado, ha oscurecido lo que realmente significa la reelección.

Un primer argumento se refiere a la necesidad imperiosa de que Uribe continúe su obra histórica: es la continuidad de su estilo: mesianismo, autoritarismo belicoso, mayor conservatización de la moral católica. ¿Sí será eso lo que quiere la mayoría de los colombianos?

Y en lo propiamente político, las tres cartas estrella: seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social: y en ese orden de importancia. La seguridad, cuya garantía es un deber de toda primera autoridad, si bien ha reducido la mortalidad y la violencia, ha significado también mayor militarización de la sociedad, a través de las recompensas monetarias, las delaciones, los falsos positivos, las chuzadas, además de la creciente entrega de soberanía a los Estados Unidos y la confrontación con Ecuador y Venezuela. Por esto no necesariamente ha sido democrática.

La confianza inversionista se ha traducido en toda suerte de gabelas para los grandes capitales, mediante las zonas francas, las reducciones tributarias, las exenciones y los pactos de estabilidad, pero subsisten el desempleo, la indigencia y las enormes dificultades para que los pequeños productores, especialmente los campesinos, obtengan créditos blandos. Esto debe generar desconfianza y disgregación social.

La cohesión social parece más un chiste: se expresa en la tragedia de los miles de desplazamientos y lo que éstos implican en el incremento de la pobreza, la destrucción de familias, los desarraigos, la quiebra de comunidades, las pérdidas de propiedades campesinas, cuya recuperación está más lejos que en cualquier momento. Y las diatribas y anatemas contra los opositores y desafectos, entre ellos el ataque permanente a la justicia: eso sí que cohesiona a los amigos y entusiasma a la galería, pero destruye la convivencia y la comprensión del otro.

Nadie puede dudar de que estos tres pilares son esenciales para la buena marcha de una sociedad, y en ese sentido es lógica la preocupación de Uribe de que si no es reelegido éstos se pierdan. Pero habrá otros colombianos capaces de realizar esos ideales sin las distorsiones actuales. Sería de esperar que entre los candidatos uribistas se diera el necesario acto de contrición y el propósito de la enmienda: no hay que imitarlo en todo.

Pero, de otra parte, los anteriores no son los únicos deberes prioritarios del Estado: lograr la derrota de la iniquidad económica; dotar a los más pobres de las posibilidades de dejar de serlo, por ejemplo mediante una verdadera devolución de las tierras usurpadas violentamente; propiciar que sea la política democrática la que presida la tramitación de los conflictos, de manera que se pueda contradecir, criticar y oponerse sin que esto signifique ser lanzado al ostracismo; que se estimule la participación sin que medie el clientelismo; que la redistribución de bienes y servicios no sea objeto de corrupción ni gabelas. ¿Será mucho pedir?

 

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