Por: Jaime Arocha

Concheras del Afropacífico y saberes africanos

Luego de que las Farc volaran el oleoducto Transandino, difícil no pensar en la tragedia que les espera a las mujeres cuya existencia depende de la recolección de las pianguas o conchas de los manglares de la ensenada de Tumaco.

Quizás la mancha de petróleo se demore en llegar a los esteros, pero con seguridad privará de oxígeno a las pianguas, aquellos moluscos que nacen, crecen y se reproducen en el barro del manglar, rico en microorganismos y minerales. Hoy, encocaos de piangua y otras recetas descuellan en el mundo gourmet. Hace 30 años, las concheras realizaban esa labor ardua a partir de un conocimiento complejo de las mareas. Al final de la pleamar, debía terminar la navegación hacia los esteros, de modo que sus canoas no encallaran; luego, durante la bajamar, comenzaban a excavar el lodo, para regresar cuando la marea volviera a subir. Aceptaban niños y gais en sus equipos. Tan pronto se bajaban de las canoas, les prendían fuego a los pedazos de estopa y cáscara de coco que llevaban dentro de ollitas viejas. Rodeadas de un humo que la defendiera de las plagas, descalzas, parándose en los arcos que forman los árboles de mangle, se iban metiendo hasta donde fuera previsible encontrar conchas. Al barro lo escarbaban con las manos desnudas, e iban metiendo las pianguas en recipientes de plástico desechados.
 
Hoy, tienen asociaciones como las de Exportadoras, El Chajal, Candelillas del Mar, Santo Domingo y Llanaje. Con apoyo internacional, dotan a sus miembros de embarcaciones de fibra, botas pantaneras, guantes de caucho y construyen criaderos que las hagan más competitivas dentro del boom por lo exótico. No obstante esos logros, al mismo tiempo, el medio que les da vida consiste en ese sistema capilar hidráulico que interconecta al océano con el piedemonte andino. El mimetismo que ofrece la vegetación tupida lo convierte en paraíso de narcotraficantes. Con sus armas, ellos originan los desplazados que hallan en el manglar una alternativa de sobrevivencia. Sin embargo, poco se fijan en la preservación de los bosques que sostienen la fauna, en las tallas de las conchas que extraen y mucho menos en el conocimiento que permite vaticinar dónde habitan las pianguas maduras.
 
Es probable que esos saberes se remonten a los años de la trata Atlántica. La geógrafa Judith Carney de la Universidad de California en Los Ángeles ha dedicado buena parte de su vida académica a estudiar los orígenes africanos de plantas, animales y técnicas de producción de las Américas y el Caribe. Los manglares de la Senegambia consisten en uno de sus focos de interés. De hecho, en 2014 National Geographic la galardonó por su propuesta para recuperar esos bosques. A los de mi grupo de trabajo nos ha enviado fotografías y películas sobre la recolección de ostras en esa zona, en Sierra Leona y en Brasil. Las similitudes son significativas y podrían dar respuestas a problemas que surgen en el Pacífico colombiano. El éxito del proceso de paz hasta ayudaría a aplicar los saberes sobre el renacimiento del mangle africano al futuro del colombiano, de las pianguas que alberga y de las concheras colombianas.
 
* Grupo de Estudios Afrocolombianos. Universidad Nacional de Colombia

 

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