Por: Ernesto Yamhure

Condiciones inamovibles

Cuánta razón le asistía a don Antonio Machado cuando decía que era de propiedad de los hombres de cabezas medianas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza.

Y me refiero puntualmente al jefe de las Farc, Alfonso Cano, quien volvió con el cuento de que hay que explorar caminos para un proceso de paz, pero al estilo guerrillero. Entiéndase por aquello un modelo similar al que padecimos durante los inmundos años del ignominioso Caguán.

El país no soportaría un ejercicio similar. Independientemente de las tendencias ideológicas, derecha, centro o izquierda, ningún sector político de la nación será tan osado de respaldar un esquema que incluya el despeje militar de vastas zonas o una negociación en medio de acciones de terror.

Cualquier iniciativa de paz debe partir de unos elementos que esta semana recordó el presidente Santos y que son, fundamentalmente, los célebres inamovibles de los que hablaba Álvaro Uribe: liberación inmediata de todos los secuestrados, retorno de los menores de edad combatientes, la suspensión de las actividades violentas y el tráfico de drogas ilícitas.

En pocas palabras, la guerrilla tiene que dejar de ser lo que es si quiere pasar a una mesa de negociación con el Gobierno. Dudo mucho que esa cuadrilla de criminales, untados de cocaína hasta la última de sus moléculas, resuelva comportarse, de la noche a la mañana, como si fuera un grupo de inofensivos angelitos.

El jefe de las Farc insiste en engatusar a Colombia con sus pretensiones imposibles. No existe la menor posibilidad de una paz negociada como sueña Alfonso Cano, que aspira a un acuerdo que incluya amnistía e indulto de los crímenes atroces que han cometido sus hombres durante los últimos 40 años.

Nadie puede estar en contra de la paz con la guerrilla. Si las Farc y el Eln de manera sorprendente cumplen con los cuatro elementos inamovibles que exige el presidente Santos, pues estaríamos frente a una posibilidad histórica que no podemos desaprovechar y que deberá contar con el respaldo de la sociedad en su integridad.

Juan Manuel Santos ha dicho que la puerta de la paz está cerrada con candado y que la llave la tiene bien guardada en el bolsillo. El mensaje es claro y contundente. No hay espacio para las especulaciones, ni para que ciertos sectores se valgan del discurso de la reconciliación para alcanzar determinados fines politiqueros.

Se trata de un asunto de singularísima importancia frente al que no puede ser ajeno el Congreso que debe, cuanto antes, aprobar un marco legal que regule cualquier posible desmovilización de la guerrilla. Recordemos que la ley 975, de Justicia y Paz, ya no es aplicable por cuanto cubre hechos ocurridos con anterioridad al 25 de julio de 2005, fecha en que fue promulgada esa norma.

Así las cosas, si se presentara un escenario en el que la guerrilla anunciara la entrega inmediata de sus hombres y sus armas, no hay una ley que permita aplicar los preceptos de verdad, justicia y reparación establecidos por normas internacionales que hacen parte de nuestro bloque de constitucionalidad.

En fin, la paz es perfectamente posible, pero no como la plantea Alfonso Cano, sino como la demanda el pueblo colombiano, que quedó curado para siempre de experimentos nefastos como el del Caguán.

 

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