Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Conductoras elegidas

En medio del batiburrillo de nuestro traumático posconflicto, al que ya habrá ocasión de volver, una noticia me llamó la atención: el rey de Arabia Saudita, caracterizado por la prensa internacional como joven reformador, acaba de permitir que las mujeres manejen sus propios autos (¿se extenderá también la autorización a buses y tractomulas?). Las saudíes que entrevistaron las cadenas de televisión estaban encantadas, pues el permiso llegará muy rápido: en junio de 2018. Algunas de las más audaces se atrevieron a musitar que ni en sus más optimistas sueños se habrían imaginado que se implantara antes de la próxima década…

El revuelo que causó la noticia pone una vez más sobre el tapete dos grandes preguntas, y a la vez campos de confrontación, que nos han acompañado durante siglos y que con toda probabilidad lo seguirán haciendo. La primera: ¿cuánto valen los pequeños cambios? Los más impacientes se encogen de hombros: son pura apariencia, debajo de cuya superficie proliferan, apenas se rasca lo suficiente, las tradicionales y roñosas formas de opresión. Otros creemos que esos cambios pueden tener valor en sí, pero que además abren ventanas de oportunidad y ofrecen puntos de apoyo a las poblaciones excluidas y vulnerables para mejorar su situación. Esta conclusión no necesariamente implica abrazar el gradualismo programático: el punto no es si todo cambio positivo es gradual (creo que la historia universal da sobre esto una respuesta concluyente: no), sino de cómo estimar el cambio gradual allí donde se presenta.

¿Pero —segunda pregunta— con qué criterios se hace esta evaluación? En el caso de las mujeres saudíes, y obviamente no sólo de ellas, el problema es cómo enfrentar las desigualdades persistentes. Hay, en todo tipo de sociedades, desigualdades que se extienden a lo largo de siglos. No más piénsese en los abismos raciales que marcan a los Estados Unidos. Sobre el particular hay dos posiciones aparentemente contrarias que al final convergen: hay que esperar el gran cataclismo transformador, o simplemente hay que abandonar cualquier esperanza de cambio, porque ya nos hemos estrellado demasiadas veces contra la pared, o porque la situación no es propicia. Lo que no tienen en cuenta estos razonamientos es que, en tratándose de las desigualdades persistentes, la ocasión casi nunca es propicia: esa es una de las razones por lo que es tan difícil erradicarlas. Pero las ocasiones son a la política lo que el balón al fútbol moderno: si no las buscas no te llegan.

Las dificultades son demasiado grandes: en efecto, ese es el tipo de argumento que han aplicado James Robinson y otros a nuestras desigualdades agrarias. Busquen campos más verdes. Este no es el momento. Uno de los muchos puntos débiles de esta manera de pensar —marcada por una clara falta de perspectiva histórica— es que no tiene en cuenta las externalidades negativas que genera la desigualdad extrema sobre el conjunto de la sociedad. Una maldita —aquí podría poner un sartal de groserías— sociedad en la que las mujeres no pueden manejar sin autorización de sus guardianes masculinos es una desgracia, sobre todo para las mujeres, pero también para los hombres. Una sociedad marcada por el racismo afecta profundamente, aunque no por igual, a blancos y negros. Una sociedad con medidas de desigualdad agraria tan extraordinarias como la nuestra sufrirá inevitablemente muchas clases de deterioro en muchas dimensiones (hay ya excelentes trabajos académicos sobre esto, pero como es habitual aquí tenemos una deuda significativa con el gran Hirschman). Cuando el daño para los excluidos y las externalidades negativas para el conjunto de la sociedad se vuelven prohibitivamente altos, no hay más remedio que insistir.

Pero, obviamente, hay que insistir bien. Evaluando resultados, viendo cómo y dónde se pueden obtener efectos tangibles. Este es el fértil terreno de la política social. Ojalá la sociedad colombiana pueda moverse rápidamente hacia esta clase de debates.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

El juicio de la historia y otras expectativas

Sepultados bajo el ruido

Sismos y osos

¿Signos positivos?

¿Cumplir o no?