Por: Cristo García Tapia

“Confesión de un fiscal de Bizancio”

En la búsqueda de un poeta cubano poco conocido y para nada reseñado ni vendido en Colombia, recuerdo aún con gozo y deleite mis lúdicas jornadas vespertinas por bibliotecas y librerías de La Habana.

Eso fue reciente, en los tiempos finales en los que se negociaba el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc-Ep, y en mi condición de columnista viajé a La Habana, por mi cuenta, riesgo y costos, para enterarme de primera mano y en el teatro de las operaciones del diálogo, al igual que muchos del mismo oficio que coincidimos en aquel escenario, cómo era por dentro el asunto de la paz por la que todos los colombianos estábamos y cruzábamos los dedos.

Las condiciones que uno y otro de los bandos ponían, contraponían y exponían, para cesar la matadera de más de medio siglo de colombianos de todas las clases, condiciones, credos e ideologías, hombres y mujeres, que los mantenía ocupados por tan largo tiempo.

Entre la Biblioteca Nacional, la José Martí, la UNEAC, las librerías y editoriales oficiales a precios de casi nada, simbólicos, distraía mis tardes habaneras en pos de un poeta del cual había leído poemas sueltos que me pusieron, a como diere lugar, en la ruta de encontrarlo y descubrir cómo era y cuanto de él se afirmaba como “una de las voces más deslumbrantes de la poesía hispanoamericana”.

¡Por fin!, un alto medio día, en el Instituto Cubano del Libro, encontré al poeta. A Gastón Baquero, nacido en Banes, Cuba, en 1914, cuyo “verso lleno de asombro ante la maravillosa belleza de este mundo” fue a mí, en mi elemental comprensión, a quien asombró, maravilló y descubrió.

Una señal menuda sobre el pecho del astro, ensayos, donde lo mismo podemos encontrar la valoración apasionada y juiciosa de los versos de José Martí, hasta el mapa apasionante de la llegada de las rosas al Nuevo Mundo o el retrato inigualable del Libertador Simón Bolívar, un grueso y pulcro volumen de 593 páginas, Ediciones La Luz, fue mi primer encuentro con un poeta cuya universalidad desbordó hasta la fascinación mi aproximación a un lírico del cual apenas si intuía una poética abocada a la comprensión del mundo más allá de lo efímero; de un mundo que pudiera sobrellevar en la esperanza el peso de sus contingencias y sobresaltos:

Recuerdo siempre al moribundo aquel,

el que prorrogaba la vida contemplando una rama,

al extremo de la cual solo quedaba una hoja,

nada más que una hoja resistiendo al cierzo

y la tramontana: una hoja empeñada en no morir.

Elevando a presencias, a sustancia trascendente, corpórea y visible, las cosas más elementales y simples; el peso abrumador  del ser:

Ese pobre señor, gordo y herido,

que lleva mariposas en los hombros

oculta tras la risa y el olvido

la pesadumbre de todos los escombros.

Y como si aconteciera en el instante, el pasado revelándose en presente; la historia, cual perro que da vueltas y se muerde la cola, retornando; Bizancio redivivo en la  indignidad de la corrupción y el prevaricato.

Como si fuera aquí, en Eufrasina Mitiklós, denunciando por cohecho y soborno el pago exigido y abonado por ella a un fiscal, en finas y exóticas especies, por hacerla merecedora del nombramiento de cortesana de Constantino: 

En el otoño del setecientos / obtuve para mi tía Eufrasina Mitiklós / un nombramiento de cortesana. / Pues aquellos días de la decadencia / solo las cortesanas eran reverenciadas en Bizancio.

Una vez obtenido el honor / pedí mi recompensa: / piezas de terciopelo rojo traídas del Turkestán / ajorcas de diamantes para mi yegua preferida / flores disecadas dos siglos atrás / cortinas del Bósforo / candelabros comprados en Basora a cambio de centeno: / todo lo que me permitiera decorar mi casa / y recibir en ella a Eufrasina Mitiklós / decorosamente.

Todo me fue negado por la impiedad de aquella harpía. / Ante el Gran Basileus me denunció por cohecho / soborno / y crueldad contra los gatos favoritos del Emperador…

Y fui condenado / a ser suspendido por el cuello en la torre más aguda / de la catedral de Bizancio. / Utilizaron como cuerda de extinción / el largo terciopelo traído del Turkestán / y allí arriba quedé / flotando entre las nubes como una bandera de combate…

El poema continúa… los sobornos… los fiscales y jueces… las cortesanas… menos la horca.

* Gaston Baquero, Palabra inocente (Antología poética), Visor, Madrid.

@CristoGarciaTap

 

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