Mi burbuja

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Hace cerca de 60 años tuve la buena fortuna de nacer en un hogar privilegiado de nuestro país, no solo por su posición económica y social, sino porque allí siempre hubo amor y ejemplo de lo que significa ser buenos seres humanos. Fui entonces un privilegiado al ser matriculado en uno de los mejores colegios privados de la época y luego poder estudiar en una exclusiva universidad privada. Luego trabajé casi 40 años como ejecutivo “exitoso” en los sectores financiero y asegurador. Entenderán los lectores que así he logrado sin mayor dificultad pertenecer a una burbuja de privilegiados en la que he podido compartir con mi familia, con amigos y condiscípulos de colegio y universidad, con amigos, compañeros y jefes de trabajo, en una cómoda posición dentro de esta sociedad.

Sin embargo, desde finales de los años 80, comencé a sentirme de alguna forma incómodo y a entender que lo que yo vivía no era más que una burbuja, hasta cierto punto artificial, dentro de la sociedad. El primer detonante, que despertó mi conciencia sobre esta condición de burbuja, fue el asesinato de Jaime Pardo Leal en 1987, seguido del crimen de José Antequera en marzo de 1989. Y a continuación los homicidios en línea de Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez, hechos infortunados que me hicieron entender que afuera de mi burbuja había una sociedad que se resistía, aunque le mataran sus líderes, a vivir eternamente y sin remedio en la pobreza, en la discriminación y en la absoluta falta de oportunidades, sin que a los privilegiados pareciera importarles lo suficiente.

Pero por supuesto, en mi comodidad, he seguido participando de esta burbuja, encontrándome con algunos otros, que incluso piensan que los blancos somos superiores, y ¡que ello nos da el derecho de tratar como inferiores a negros, morenos, indios y mestizos! ¡Háganme el favor! En esta burbuja, aunque no sean todos, lo que está bien visto es ser “católico”, así no se practiquen los postulados de esta religión, y por lo tanto estos amigos se sienten moralmente superiores a quienes tienen otras creencias religiosas o son simplemente agnósticos o ateos. En esta burbuja, aunque no sean todos, pululan aquellos que, aunque digan otra cosa de labios para fuera, siguen pensando en lo más íntimo de su espíritu que la homosexualidad es una enfermedad y que incluso llegan a guardarse en su clóset hasta el final de sus días, con tal de no verse expuestos ante sus relacionados y amigos. Y por supuesto, denigran de los homosexuales haciéndolos blanco de sus burlas y mofas, demeritando cualquiera de sus logros solo por su orientación sexual.

En mi burbuja, aunque no sean todos, también es muy común y muy bien visto, el machismo y la misoginia. Algunos de estos privilegiados del destino creen en la superioridad del hombre sobre la mujer, aunque no lo acepten en público, pero sus acciones los delatan. Creen que si una mujer asciende dentro de una empresa es porque, seguramente, ofrecieron sus favores sexuales a cambio de su éxito. Es más, cuando son jefes, hacen uso más o menos descarado de su posición de superioridad para obtener favores sentimentales o sexuales de sus subordinadas. En esta burbuja, algunos no comprenden que las mujeres tienen derecho a la igualdad frente a los hombres y tienen absoluto derecho sobre su cuerpo, lo cual les entrega un íntimo y exclusivo derecho al aborto, sin que nadie deba cuestionarles su decisión.

Otro de los comunes denominadores de muchos de estos privilegiados, aunque no sean todos, es que como se sienten superiores al resto de la sociedad, deciden que la causa real de la pobreza en nuestro país es la pereza y la falta de inteligencia de los pobres. Es decir, para estos amigos, los pobres son pobres porque quieren. Y hablan de personas que viniendo de la pobreza hoy son multimillonarios, como prueba irrefutable de su postulado. No importa que hablen de un caso entre millones, los millones restantes son todos brutos y vagos. Y cuando escuchan hablar de políticas que intentan disminuir la inequidad, se indignan gritando que es que los pobres todo lo quieren regalado, y juran, sin ser para nada cierto, que los que pagan impuestos en este país son ellos, cuando en verdad cada año hacen todos los malabares posibles por eludir y evadir los impuestos que realmente tendrían que pagar.

Muchos de los integrantes de mi burbuja detestan la palabra subsidio, pero aman la palabra herencia. En verdad creen que ellos, aunque no todos, tienen derecho a los bienes de sus padres solo por el hecho de ser sus hijos. En cuántas familias privilegiadas vemos que cuando ya los padres cruzan cierta edad, los hijos actúan como si los bienes de sus padres fueran de ellos, olvidando que son los padres quienes tienen todo el derecho de gastarse en vida hasta el último de sus centavos. Así deberían hacerlo.

Una buena cantidad de los privilegiados de este país creen, como si fuera un derecho divino, que ellos son los dueños del país, incluyendo además de sus tierras, sus bancos y sus empresas, a los habitantes. Por brutos, por vagos, su única razón de ser es trabajar para ellos y consumir sus productos para así lograr que los privilegiados sean cada vez más privilegiados. Y cuando alguno de ellos logra asomar la cabeza, lo ignoran, lo hacen a un lado, lo miran feo, no lo aceptan como vecino, ni a sus hijos como amigos de sus hijos. Pero eso sí, estos “levantados”, como los llaman, les son útiles si pueden hacer un negocio con ellos, que por supuesto les sea ventajoso.

Pero por favor, démonos cuenta de que esta burbuja es una mentira, que la realidad de nuestro país está afuera de ella, en ese 40 % de pobres que intentan por todos los medios que ellos y sus hijos no sufran o mueran de hambre, en esa luchadora clase media que se resiste con todas sus fuerzas a caer en la pobreza, en ese 95 % de colombianos que no hacen parte de ninguna burbuja de privilegiados. Yo pienso, y conmigo hay muchos más, que es con ellos con quienes debemos estar, es a ellos a quienes debemos acompañar en su lucha, que ojalá el privilegio no nos nuble la empatía. Creo que los privilegiados deberían siempre pensar primero en cómo devolverle a la sociedad el favor de haber nacido y crecido como privilegiado, buscando trabajar siempre por cerrar esas vergonzosas brechas de inequidad entre los colombianos, y no continuar abusando de los menos favorecidos para ser cada día más ricos y poderosos.

Reflexiones como éstas, expresadas dentro de mi burbuja, nos han hecho acreedores, a todos quienes aun siendo privilegiados pensamos diferente, al calificativo de “traidores de nuestra clase”. Soy consciente de que yo mismo he incurrido a lo largo de la vida en varias de estas actitudes egoístas, soy consciente de que aun tengo mucho por trabajar para ser una mejor persona para este país, pero afortunadamente he optado por preferir ser un renegado de mi clase que ser un traidor de los principios en los que creo firmemente, principios que con claridad prevalecen en mi hogar, principios indeclinables que he logrado con éxito transmitir e inculcar en mis hijos. Ese es el mayor logro de mi vida.

* Miembro de la Tertulia Cervantina 77. El contenido de este artículo es responsabilidad exclusiva de su autor

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