Por: María Antonieta Solórzano

Confiar: ¿virtud o defecto?

Con mucha frecuencia oímos decir: “Lo más doloroso que me ha pasado es que perdí la confianza en mí cónyuge, mi mejor amiga o, peor aún, la perdí en mi país y en la vida misma”.

Casi todos podemos recordar ese sentimiento desgarrador que se despierta en el instante en que un ser en quien  confiábamos nos traiciona.
 
La confianza es, precisamente, el terreno donde podemos vivir la intimidad, desnudar el corazón, compartir las ilusiones, los deseos y los logros sin despertar envidia o buscar caricias y placer sin temor.
 
En el complejo desarrollo de la confianza interviene nuestra determinación, los patrones aprendidos en la infancia, nuestros valores y las características del medio en el que vivimos.
 
Qué maravilloso sería que tanto confiar como ofrecer confianza ocuparan el más alto lugar en los principios de las relaciones. Así, al oír a una persona decir: “Soy confiado”, entenderíamos que nos cuenta que ha sido amada y que conoce la plenitud que la intimidad ofrece.
 
Paradójicamente, desde nuestros hábitos de convivencia patriarcales y competitivos tendemos a creer que si alguien es confiado, se trata de una persona que no sabe cómo enfrentar el mundo, es un ingenuo o una ilusa que todo aquel que pretenda abusarlo o matonearla va a tener éxito.
 
Esta equivocada interpretación es explicable, pues vivimos en un mundo que nos divide entre perdedores y ganadores. Y dado que los ganadores normalmente carecen de compasión, pueden surgir a codazos y llevarse por delante no sólo la vulnerabilidad del otro, sino también sus fortalezas y virtudes. Parece lógico que confiar sea disfuncional y desconfiar adaptativo, pero en realidad es todo lo contrario.
 
Si en nuestra crianza fueron compasivos y empáticos con nuestras ilusiones o dolores, seremos capaces de confiar y de ser confiables. Es decir, haremos del mundo un lugar mejor y de nuestra cotidianidad una experiencia sorprendente.
 
Si, al contrario, recibimos una formación exigente en la que nuestra vulnerabilidad no tenía espacio, nuestros errores eran criticados y castigados, entonces convertiremos nuestro mundo y el diario vivir en una búsqueda obsesiva de la perfección y, por lo tanto, nuestra experiencia será el fracaso permanente. La confianza no se construye donde no se tolera el error.
 
Además, si hemos recibido maltrato o abuso, confiar será prácticamente imposible, pero, más grave, podríamos convertirnos en maltratadores e incluso en asesinos. Sólo la compasión abre el corazón para que la confianza de sentido a la existencia y lo mejor de cada ser humano brote.
Buscar columnista