Por: Rodolfo Arango

Conflicto y convivencia pacífica

La esperanza de paz se ha expresado en las calles. Grande es el anhelo popular por superar la violencia. Al sentimiento es necesario ahora sumar pensamiento y actitud.

¿Estará Colombia preparada para que convivan bajo un mismo techo ideologías antagónicas, capitalismo y socialismo? ¿Estaremos listos para que burgueses y revolucionarios, liberales y marxistas, se reconozcan mutuamente y se dignen vivir bajo una misma Constitución? ¿Estarán los grupos en conflicto dispuestos a deliberar, debatir y decidir en las calles, plazas y recintos oficiales, respetando las creencias y convicciones ajenas, sin querer imponer las propias por la fuerza?

Las condiciones históricas del país no parecen apoyar respuestas afirmativas a estos interrogantes. El pensamiento de absolutos y el carácter emotivo de la idiosincrasia nacional no son disposiciones favorables al cultivo del entendimiento. Tanto sufrimiento debería haber servido de escarmiento para abandonar tales actitudes. La convivencia pacífica necesita una buena y amplia dosis de ponderación, reflexión, reciprocidad y, sobre todo, de buena voluntad. Comportamientos dogmáticos, desconfianza y hábitos autoritarios producen las máquinas de dolor y muerte que han ensangrentado los campos y ciudades, todo en pos de verdades absolutas, llámense Dios, pueblo, capital o revolución. Una tarea central en el posconflicto será entonces realizar en la práctica una educación basada en la responsabilidad, la justicia y la solidaridad.

Las preguntas se agolpan. ¿Cómo pasar de la acción puramente estratégica a la convivencia orientada al entendimiento? Resulta paradójico que negociaciones de unos en La Habana conduzcan a la concordia de todos en Colombia. Incluso luego de su refrendación por el pueblo, las transacciones de intereses no generan lealtad al bien público ni al marco institucional. No se trata de cambiar las condiciones materiales de vida o las instituciones, sino también y principalmente de cambiar la cultura. El asesinato de líderes de víctimas, de campesinos y campesinas valientes e inermes, evidencia la fácil propensión de algunos a la violencia. Los acuerdos refrendados serán, sin duda, un buen inicio; pero uno insuficiente. Tampoco un acto simbólico y fundacional, como una asamblea nacional constituyente, tendría la capacidad de cambiar las mentalidades de quienes pugnan por el poder y de quienes consideran que los ahora triunfantes han logrado sus fines gracias al uso de la fuerza. Las constituciones no nos hacen buenas personas; en cambio, personas sabias y generosas hacen buenas constituciones.

Dejar atrás el conflicto y dar la bienvenida a la convivencia pacífica exige el abandono de verdades absolutas; la aceptación de la democracia como forma de llegar a acuerdos transitorios y revisables y, fundamentalmente, la unidad de una voluntad común para vivir bajo una misma Constitución, cuyas reglas del juego pueden ser revisadas y modificadas en el camino. Se trata de aprender a viajar en un barco que en alta mar puede ir cambiando sus partes y reconstruirse según las necesidades de los tiempos sin recurrir al recurso de quemarlo, dando por terminado el viaje. No acoger la metáfora del barco en constante construcción puede tener como resultado seguir viviendo en un país de náufragos, de vidas emocional y físicamente truncadas. No necesitamos, por cierto, de más héroes y tumbas.

 

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