Por: Alvaro Forero Tascón

Conflictos gemelos: EE.UU.-Cuba y Colombia-Farc

SON ENORMES LOS PARECIDOS DEL conflicto de Estados Unidos con Cuba y del Estado colombiano con las Farc. Tienen el mismo origen, y parece que van a tener el mismo desenlace.

Sin el triunfo de la Revolución cubana en 1959, el continente no se habría llenado de guerrillas, y sin los procesos de diálogos que se llevan a cabo simultáneamente en La Habana, estos conflictos no terminarán. Son igual de antiguos, 55 años tiene el cubano y 50 años el colombiano, y de anacrónicos, porque son parte de una Guerra Fría que terminó hace 25 años.

Aunque las Farc son hijas del mito revolucionario cubano, Fidel Castro no tuvo mucha injerencia en ellas. Sus relaciones con Tirofijo fueron malas porque éste no quiso subordinársele, al punto que se negó a que el Che Guevara entrara por Colombia, que se dice era la intención de Castro, y porque Fidel ha apoyado a los últimos gobiernos colombianos en la búsqueda de la paz, insistiendo en que la lucha guerrillera perdió sentido desde hace décadas. El cambio se dio con Timochenko, que pasó un tiempo en Cuba, y por la influencia de Hugo Chávez.

En lo que más se parecen los dos conflictos es en sus resultados: son monumentos al fracaso. Ambos son la vergüenza de diez gobiernos norteamericanos y once colombianos, especialmente los de Kennedy y Valencia, que los escalaron hasta niveles absurdos por torpes extremismos militares y políticos: la invasión de bahía Cochinos y los intentos de asesinato contra Fidel Castro, y los bombardeos a Marquetalia y El Pato de unas exiguas guerrillas liberales.

Los conflictos han golpeado duramente al gobierno cubano y a las Farc, pero no lograron el objetivo de derrotarlos. Al punto que generaron en los Castro y en las Farc un orgullo de proporciones históricas: consideran que sobrevivieron militar, política y económicamente el embate feroz de la primera potencia del mundo, y que eso los hace los vencedores.

Lo que entendieron Barack Obama y Juan Manuel Santos, a diferencia de sus antecesores más primitivos, es que el gobierno cubano y las Farc saben que pueden continuar indefinidamente, pero que están dispuestos a superar su modelo fracasado y reintegrarse al mundo, a cambio de una condición: reconocimiento. Reconocimiento a que su lucha tuvo un fundamento ideológico, a que combatiéndolos se cometieron delitos tan terribles como los suyos y a que se acepten algunos de los cambios que pregonan. Y Santos y Obama saben que, en su cansancio, los Castro y las Farc están dispuestos a correr el riesgo de que el fin del conflicto los cambie tanto que podrían desaparecer, pero dignamente.

Obama sabe que lo que puede destruir al castrismo es insertar lentamente a Cuba en la globalización. Así como Santos sabe que el proceso de La Habana no es para castigar a las Farc, sino para destruirlas, y que eso no se consigue metiéndolas a la cárcel sino a la democracia. Que lo que hay que hacer es quitarles la postura contra el sistema para que éste se encargue de asimilarlos.

Que el secreto está en las concesiones mutuas, porque hay que reconocerlos para poder derrotarlos. Que llegó el momento de reemplazar el odio por el pragmatismo, que lo que hay que acabar no es a los Castro o las Farc, sino el conflicto.

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