Por: Arturo Guerrero

Confusión entre paz y precio de los bananos

Hay delicados vasos comunicantes entre el mal gobierno y las negociaciones de paz. Los cuatro costados del barco nacional hacen agua, mientras en La Habana se fragua la más trascendental decisión política del último medio siglo.

Lo terrible es que el barco se puede hundir, y con él se iría a pique la paz nunca antes vista por los colombianos vivos. He aquí los vasos comunicantes: lo que sucede en el primero, corrupción, Isagén, Reficar, comunidad del anillo, inseguridad callejera, riña entre taxistas, amenaza de apagón, más desempleo, carestía, inmovilidad urbana, todo este drama contagia de desespero al segundo vaso, el de la paz.

¿Cómo opera la sicología colectiva de un pueblo inteligente, voluble, fiestero y resabiado por tantos siglos de tenaza? Opera en ciclos alternativos de desconfianza e ilusión.

La desconfianza es apenas fruto lógico del atado de engaños que constituye la historia nacional. Tanto va el cántaro al agua… Sí, la malicia indígena no es sino reacción concentrada a tantas promesas frustradas.

Pero de vez en cuando despunta una luz y las gentes recuerdan al niño que vive adentro. Se atreven a creer. Un día les dijeron que las armas no irían más con la política, que en tal fecha cercana los enemigos firmarían un acuerdo, que por fin las víctimas serían recompensadas.

Ante semejante noticia del cielo, las mayorías se dispusieron favorablemente. Ensayaron varias formas de imaginar perdón. Lavaron pañuelos blancos para batir en el día señalado.

Por desgracia, ocurrió lo que pocos sabían. La mesa de diálogos no era una conversación aceitada de confianza sino una máquina de espinas movida en subida con pedales. Gobierno y guerrilla seguían siendo eternos enemigos.

Los negociadores tenían prohibido encontrarse en restaurantes, reírse en momentos de recreo, mostrarse su humanidad. Un bando acechaba la mínima debilidad del otro. Se buscaba la paz entre mentes erizadas, la vida en mitad de un cementerio.

En el continente, entre tanto, la oposición furibunda aprovechaba todo recurso –mentira repetida, oportunismo, calumnia, tergiversación—, para sacudir barro encima de las conversaciones isleñas y enrarecer la inocencia de quienes habían vislumbrado una luz.

Los operarios de las sombras hicieron alianza con el momento calamitoso por el que pasa el país. Turbaron, así, el vaso de la paz con las aguas obscuras de la situación nacional, que toda la vida han sido obscuras.

El resultado de este operativo es la baja en las encuestas del entusiasmo general por la paz. Se hunde el Gobierno y, atada a él, se hunde la paz.

En los corrillos donde todos gritan al tiempo, como es usual en este país de sordos, se desprestigian las negociaciones porque a nadie le gusta el precio escandaloso de los bananos y porque se mueren los niños del hambre en la Guajira.

Y el país pasa los días atropellados, sin advertir la gravedad del momento: por no distinguir entre una cosa y la otra, se puede dilapidar la oportunidad de oro de la historia.

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