Por: Sergio Otálora Montenegro

Congreso a la medida

La democracia colombiana tiene el congreso que se merece: venal, mediocre, obsecuente, y ahora en trance irreversible de deslegitimación. La famosa aplanadora uribista resultó ser una máquina de complicidades y de delitos que salen a la luz pública por lo menos con veinte años de retraso.

Después de cientos de miles de muertos, y de denuncias que se hicieron una y otra vez, tanto en el parlamento, como en la prensa y en los foros internacionales, se destapa una verdad que se interpreta como un hecho lamentable, que exige correcciones y blindajes para que no vuelva a suceder.

Ahí está la trampa, porque no es un asunto de “arreglar”, de “pulir”, es un problema de ejercicio mismo del poder. La hegemonía política regional bipartidista se ha mantenido y reproducido gracias al exterminio de la oposición, es decir, al aniquilamiento de líderes cívicos, comunales, sindicales. En estos últimos cuatro lustros se ha destruido el tejido social que permitía la construcción, desde la base, de movimientos y partidos alternativos. No le queda fácil crecer a una izquierda democrática si asesinan a sus dirigentes barriales, a los que están metidos en la filigrana del trabajo comunitario las veinticuatro horas del día, organizando a la gente para ejercer el derecho al voto y a elegir a sus representantes.

Las alarmas están prendidas: el Washington Post publicó un informe sobre el incremento alarmante de las ejecuciones extrajudiciales, es decir, campesinos asesinados que luego el Ejército hace pasar como guerrilleros. El Espectador sacó a la luz un artículo sobre la presencia, en Bogotá, de las Aguilas Negras, con su estela de persecución y muerte. Algunos de los organizadores regionales de la marcha contra el terrorismo de Estado, han muerto a manos de las llamadas “fuerzas oscuras”. Se han recrudecido las amenazas contra dirigentes regionales de izquierda.

Todos estos hechos tienen el común denominador de que han sido negados por las autoridades; en el mejor de los casos, son  vistos como calumnias, refritos y especulaciones, o, para seguir con la paranoia de siempre, como  una bien orquestada campaña internacional contra Colombia. ¿Cómo entonces pensar que de este mal crónico de la antidemocracia, pueda salir un congreso renovado y con gran legitimidad?

Mientras la guerra continúe, es imposible hablar de transparencia y garantías para todos. Los paramilitares se reorganizan en varias zonas del país; la guerrilla sigue en sus territorios, en medio de la balacera de siempre, ahora por supuesto más intensa que en otras épocas; sigue ahí, ejerciendo su ley de la selva, bajo la presencia omnímoda y siniestra de las armas. ¿Podrán entrar liberales y conservadores a las zonas de influencia de las huestes de Tirofijo? ¿Podrá la izquierda democrática, sus dirigentes regionales, agitar sus ideas y consolidar sus bases electorales sin que se les estigmatice como cómplices de la subversión y, por lo tanto, se les convierta en objetivo militar de las negras águilas de siempre?

Un congreso de verdad, que represente la diversidad y sea expresión de una voluntad de paz sincera y duradera, no puede nacer de semejante ambiente de violencia. La imagen de Francisco Galán, dirigente del ELN, entrando a la Casa de Nariño para reunirse con el presidente Uribe, es apenas un esbozo de lo que se trata, en el fondo,  este relajo: el guerrillero (que no terrorista) está proponiendo un consenso nacional para superar en definitiva el conflicto armado. Todo es relativo, esta confrontación da muchas vueltas, en el otro extremo del país, las Farc piden canje de subversivos encarcelados por rehenes, al tiempo que la vida de Ingrid Betancur pende de un hilo…y sus compañeros de cautiverio se pudren sin mayores esperanzas.

Julio Sánchez y Alberto Casas, en la W, le hicieron a Gina Parody la pregunta del millón: si el Congreso no es legítimo porque muchos de sus miembros están comprometidos con los paramilitares, por qué sí lo es el  poder del presidente Alvaro Uribe Vélez, nacido en gran parte de  votos provenientes de los  mismos feudos electorales que manejan los congresistas que resultaron aliados con los Mancuso y compañía.

La respuesta es obvia, pero ¿Nos atreveremos a documentarla y a llevarla hasta las últimas consecuencias? No creo. Esto me huele a un desenlace como el del 8.000, con un presidente absuelto por el congreso…renovado.

 

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