Por: Luis Carlos Vélez

Congreso marrullero

Cuando pensaba en marrulla lo primero que se me venía a la cabeza, antes de la semana pasada, era aquel bochornoso episodio de las eliminatorias al Mundial de Francia 98, cuando Colombia se enfrentó a Paraguay en Asunción el 2 de abril de 1997. Perdíamos 1-0 en el estadio Defensores del Chaco cuando Leonel Álvarez lanzó un centro por derecha y Faustino Asprilla se estrelló con un defensor. El partido estaba caliente y el papá de la selección más marrullera del momento, José Luis Chilavert, reaccionó a la inocente colisión escupiendo al Tino. Ahí vino Troya.

Luego de recibir la agresión por parte del arquero paraguayo, el delantero nuestro reaccionó pegándole una cachetada. El árbitro procedió a expulsar a los dos jugadores y mientras Chilavert salía de la cancha le pegó un puño en la cara al moreno. Pero faltaba más: como un resorte salió corriendo Víctor Hugo Aristizábal y trató de meterle una patada voladora al arquero, pero erró por puntería.

Acto seguido, del banco de suplentes salió todo el mundo a matarse a trompadas. Lo peor es que de una manera cobarde y abusiva, la policía paraguaya, en lugar de separar a los jugadores, entró a agredir con escudos y bastones a los colombianos. Un desastre. Esa noche ganó la marrulla y todo un país quedó indignado e impotente.

A diferencia de ese momento, las imágenes de la semana pasada no eran granuladas y lavadas de color por la distancia, sino que llegaban HD a nuestros hogares, y en lugar de un estadio el escenario era la plenaria de la Cámara de Representantes. Muchos lo vimos por diferido, porque estábamos pendientes de otro partido de Colombia. Como haciendo uso del mejor estilo Chilavert, los honorables representantes hundieron uno de los proyectos de ley más importantes para los colombianos: el de cárcel efectiva para los funcionarios corruptos.

Con forcejeo incluido entre Karen Abudinen, alta concejera para las regiones, y el presidente de esa corporación, Alejandro Chacón, que terminó de enredar el orden del día enterrando la ponencia y generando una muy extraña confusión sobre quién debía ser el conciliador.

Pero la escena final es igual de marrullera a la del principio: el senador Ernesto Macías, hasta la semana pasada presidente del Senado, engavetó el proyecto, quién sabe por qué, durante ocho meses. Toda una estrategia de dilación, dirían algunos, para evitar que se convierta en ley la cárcel para aquellos funcionarios que se roben la plata de nuestros impuestos. Y para terminar el sainete, el día después del naufragio del proyecto, el presidente Duque anunció el intento de rescate de la iniciativa. Ya para qué.

Al final, todos se lavaron las manos. "Yo no fui, fuiste tú, nos confundimos, te confundiste, no te preocupes que ya lo volvemos a intentar". No nos crean tan pendejos. Todos fuimos testigos de la manera en que se pasaron la papa caliente para que a nadie le tocara asumir uno de los temas más controversiales del momento. Nadie quiso quedar como el sapo de la clase que pone en evidencia al malo o al corrupto. La razón: a nadie le importa que se castigue a quien mal obra, porque el rabo de paja impera y deben taparse con la misma cobija. Entre tanto, como en el partido contra Paraguay, Colombia queda indignada e impotente. El Chilavert del 97 fácilmente puede ser presidente del Senado, o mejor, ya lo fue, y su reemplazo seguramente será igual.

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2019-06-23T17:06:00-05:00

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2019-06-24T06:19:29-05:00

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