Por: Brigitte LG Baptiste

Conocimiento municipal

En el congreso de Fedemunicipios que se adelanta en este momento en Cartagena, se preguntan los alcaldes cómo compaginar la planeación de su territorio con la construcción de sostenibilidad. ¿Es mejor no hacer minería e importar del vecindario la gravilla de las vías, así cueste el doble y genere más huella de carbono? ¿Es mejor concentrarse en la minería y comprar la comida fuera que quemar y sembrar en el páramo? ¿Cómo proveer servicios ecosistémicos a sus territorios? ¿Cuáles son los umbrales de transformación ecológica aceptables para un municipio?

Toda comunidad local posee conocimientos acerca de sí misma y su ámbito ecosistémico. Pero para muchos, es simplemente falso que sólo por el hecho de ser locales exista suficiente capacidad y autonomía para tomar decisiones ambientales basadas en ello, ya que la historia ha cambiado profundamente su contexto, ha destruido las condiciones de aislamiento que habían hecho posible un régimen de pensamiento específico y ha generado importantes cambios en la identidad cultural asociada con un ecosistema al que debieron adaptarse. Salvo las comunidades étnicas o aquellas que en su quehacer han producido una interpretación sofisticada y adaptativa de la funcionalidad del territorio (pescadores en ciénagas), la mayoría de comunidades locales posee una versión muy limitada o parcializada de su propio entorno, la cual se construye a partir de experiencias sistematizadas, compartidas y asumidas colectivamente de manera que fundamentan reglas y modos de vida específicos. Ello es también una evidencia del fracaso de la “educación ambiental”, por supuesto, colonizadora. Cuando se ha destruido ese acervo por diferentes razones, cuando ha habido desplazamiento masivo y pérdida de memoria, hay que aprender de nuevo o adoptar paradigmas preexistentes para tranquilizar el espíritu. Allí es donde aparecen patrañas como el poder curativo de la sangre de chulo. Estamos en mora de construir ecología urbana, por ejemplo: muy pocos ciudadanos saben de lo que están hablando, nadie los formó. Los terraplanistas existen más por su incapacidad de replicar el conocimiento que concluye que el planeta es semiesférico que por poseer un acervo propio de evidencias.

En muchos casos construimos y difundimos un discurso ecológico que carece de fundamento empírico, así esté basado en principios generales de las ciencias y la buena voluntad de quien quiere aplicarlo para el bien común. Pero de ello está empedrado el camino al infierno… Habitar un nuevo mundo hace que las consultas populares tengan limitaciones importantes en su perspectiva epistemológica y sean presa fácil de los populismos. Es muy difícil habitar un territorio con un sistema de referencia extraterrestre o de valores trasplantados, algo promovido por las religiones dogmáticas, la propaganda empresarial o partidista cínica y los malos científicos. Nos enfrentamos a una paradoja: nuestro ámbito de vida es predominantemente local, pero la circulación de ideas y modelos interpretativos del mundo nos convierte en ciudadanos globales, gústenos o no.

Pensar global y actuar local era un buen lema, pero lo cierto es que cada vez tendemos a lo contrario, parroquiales y eventualmente fascistas… por naturaleza.

 

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