Por: Luis Carlos Reyes

Consejos para futuros doctores

Ya a todo el país lo han regañado por decirles “doctor” a las personas sin título académico de doctorado. Pero muchos aún se preguntan para qué sirve este título, cómo se obtiene o quiénes deben buscarlo. Por estas fechas, quienes se postularon para entrar a alguno de estos programas en la segunda mitad de 2019 están empezando a recibir las decisiones de admisión tomadas por las universidades, y se inicia un nuevo ciclo de preparación para quienes quieren empezar en el 2020 (generalmente se admiten nuevos estudiantes una vez al año). Aprovecho entonces para compartir algunos consejos para quienes inician este proceso.

Primero, si uno puede ser un profesional exitoso en su área sin tener doctorado, no vale la pena hacer el doctorado. Tiene poco valor agregado, más allá de la satisfacción personal, ser un ejecutivo con doctorado en administración de empresas o un político con doctorado en ciencia política. Y si se va a hacer por satisfacción personal, hay que estar dispuesto a invertirle alrededor de cinco años que podrían dedicarse a avanzar profesionalmente.

El valor de un doctorado consiste en que es donde se aprende a hacer investigación con el rigor necesario para hacer aportes novedosos al conocimiento, y a compartirlos con la comunidad académica mundial. Este tipo de investigación se realiza en divisiones especializadas de algunas compañías y en entidades gubernamentales, pero, sobre todo, se lleva a cabo en las universidades. En Estados Unidos y Europa, y cada vez más en Colombia, el doctorado es un título sin el cual no se puede aspirar a ser profesor universitario.

Si uno está seguro de que quiere dedicarse a la investigación académica, el mejor momento de hacer el doctorado es lo antes posible. Es frecuente que la gente diga cosas como que va a trabajar un tiempo para coger experiencia y luego sí irse a estudiar. Esto tiene sentido para maestrías de corte aplicado como un MBA, pero para un doctorado es un error: no hay experiencia que lo prepare a uno mejor que tener frescas todas las bases teóricas de la disciplina a la cual va a dedicarse, y los programas de doctorado no tienen en cuenta la experiencia no académica a la hora de decidir a quién admiten. Además, el mercado laboral prefiere a los investigadores jóvenes que tengan una larga trayectoria de investigación por delante. Quizá tenga sentido adquirir algo de experiencia por fuera de la academia para ver si hay cosas que a uno le parezcan profesionalmente más satisfactorias que la investigación; pero, en general, esta experiencia no sirve de mucho.

Muchos se preocupan por la financiación cuando, en realidad, es quizá el menor de los problemas. En Estados Unidos, por ejemplo, las universidades hacen lo posible por financiar a todos sus estudiantes de doctorado, incluyendo no sólo la matrícula sino un estipendio que cubre el costo de vida. Paradójicamente, algunas becas muy prestigiosas como la Fullbright vienen con condiciones como tener que regresar al país de origen por un cierto número de años, y además hacen que el estudiante pierda derecho a las becas que otorgan directamente las universidades, por lo cual no son tan deseables como parecen. Así que es perfectamente razonable buscar primero la admisión a la universidad, y luego preocuparse por la financiación faltante en caso de que la universidad no cubra el 100%.

Hay que elegir bien las universidades a las que uno se postula. El proceso de admisiones es muy competitivo –en cada universidad cientos de estudiantes se postulan a una docena de cupos–, así que hay que presentarse no sólo a las más conocidas sino a otras que son buenas pero un poco más asequibles. Las mejores universidades están en Estados Unidos y Europa, y vale la pena concentrarse en estas, sin por eso descartar buenos programas en otras partes del mundo.

La decisión de admisión se basa en las cartas de recomendación del estudiante y en sus puntajes en pruebas estandarizadas. Una buena carta de recomendación es aquella que proviene de un investigador con una trayectoria reconocida –en especial, de alguien que tenga buenas publicaciones en revistas indexadas internacionales– y que pueda decir, con conocimiento de causa, que el estudiante tiene el potencial de convertirse a su vez en un buen investigador. Aproveche desde la carrera para forjar buenas relaciones con los profesores que lo pueden recomendar. Trate de ser asistente de investigación. No son útiles las cartas que hablan de las cualidades humanas del candidato sin referirse a su potencial como investigador, ni las que vienen de gente que no está familiarizada con el mundo de la investigación académica.

Las pruebas estandarizadas –como el GRE y el GMAT– están en inglés y lamentablemente son un reto difícil de superar para muchos estudiantes latinoamericanos. Si bien la evidencia científica apunta a que son medidas muy imperfectas del potencial académico, la realidad es que son uno de los principales filtros en el proceso de admisión. Un mal puntaje no necesariamente es el fin de una carrera académica, pero sí cierra muchas puertas. Es importante prepararse y tomar cursos para obtener el mejor resultado posible.

La investigación científica es fascinante: es increíble poderse dedicar a pensar sobre los problemas que uno piensa que son los más interesantes del mundo, y que además le paguen por eso. Es cierto que el camino es difícil, pero casi nada que valga la pena es fácil. Si está convencido de que la investigación académica es lo suyo, inténtelo. Si tiene preguntas, escríbame. No le puedo escribir cartas de recomendación porque no lo conozco, pero en Colombia hacen falta investigadores rigurosos, y si le puedo responder algo que no esté en esta columna o en Google, lo haré con gusto.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía y director del Observatorio Fiscal, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

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