¿Conspiración o desencanto con la democracia?

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Las masivas protestas de los últimos meses en varios países de América Latina —para no mencionar las de los chalecos amarillos en París o las de Barcelona— son un llamado de atención para sus gobernantes. Algunos sectores las han descalificado por presuntas infiltraciones por parte de actores externos e incluso por ser una conspiración inspirada por el castrochavismo y sus aliados.

Estas acusaciones, ciertas o no, impiden dimensionar y enfrentar el impacto de la crisis de la democracia y la creciente insatisfacción de los ciudadanos de la región con este sistema, la cual pasó, según el Latinobarómetro 2018, del 51% al 71% en menos de una década. Este fenómeno se refleja en el descenso en todos los indicadores sociales, económicos y políticos y en la incapacidad de las élites políticas para resolver problemas como la desigualdad, la pobreza, la corrupción y la inseguridad. Esto va acompañado del debilitamiento de la credibilidad y legitimidad de las instituciones inherentes a la democracia y a su creciente desprestigio. Estas son percibidas como ineficientes, corruptas y al servicio de sectores que no representan el interés general o son objeto de ataques cuando adoptan decisiones que no les favorecen. Los partidos políticos y la democracia representativa parecen haberse quedado rezagados frente a las necesidades y expectativas de los ciudadanos en temas como el empleo, seguridad social y ciudadana, educación, igualdad de género, calentamiento global, derechos sociales, políticos y económicos, entre otros.

 

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