Por: Arturo Charria

Constelaciones de la memoria

“¿En qué se diferencian los recuerdos de la memoria?”, me preguntó un grupo de personas sordas con el que realizábamos un taller sobre memoria y construcción de paz.

Para dimensionar la complejidad de la pregunta es importante advertir que parte del taller consistía en abordar conceptos que carecían de una seña dentro de la lengua de señas colombiana (LSC). De manera que ante la falta de una seña para “memoria”, uno de los participantes afirmó que “eso” de lo que hablábamos se relacionaba con la seña de “recuerdo” y paso seguido la trazó en el aire con sus manos, como quien siente con emoción la primera gota de agua y advierte que va a llover.

Aunque la respuesta estaba cercana y evidenciaba una aproximación al concepto, cerrar ahí la discusión no permitía una comprensión total de aquello que llamamos memoria. La dificultad estaba entonces en dibujar una imagen mental de la palabra, y no en buscar una definición que hiciera más grande la brecha lingüística y de sentido que suele abrirse cuando intentamos aterrizar los conceptos a la cotidianidad. 

Comencé por decir que la memoria se compone de recuerdos. Muchas imágenes podrían servir para graficar la idea: un rompecabezas, una matryoshka, un archipiélago. Cada una comparte que son objetos que se constituyen a partir de la composición de distintos elementos y al juntar sus partes se crea un resultado nuevo. Funcionaba entonces, porque la imagen final necesita de las partes que la contienen para ser posible.

Descarté las imágenes del rompecabezas y la matryoshka, por sentirlas estáticas. Es como un archipiélago, dije entonces. Les expliqué que un archipiélago son muchas islas cercanas en el mar, que se conectan por canales de agua. Los recuerdos son como las islas y el agua es la memoria: la memoria conecta, permite el tránsito de una isla a otra y, sobre todo, llena de vida los recuerdos. La memoria fluye y es móvil como el agua, ¿imagínense qué sería de un archipiélago sin el agua? Una extensa llanura, árida y desierta.

Tras ilustrar la imagen y sentir que estábamos más cerca de la comprensión del concepto, avanzamos, esperando completar y ampliar su sentido a través de las experiencias personales y, sobre todo, de esas memorias que guardamos en el cuerpo. Comimos fresas y pensamos en el sabor que tuvo una tarde en la infancia; pasamos una pequeña caja de café y volvimos sobre los primeros olores que llenan la casa al despertar. Así fuimos explorando desde los sentidos aquello que llamábamos memoria, descubriendo, aunque estuviera desde siempre en nosotros, que todos llevamos nuestras memorias en la piel.

Antes de despedirnos pensé que era posible una última metáfora. Los recuerdos son estrellas en la noche, que en ocasiones se iluminan tenuemente y, aunque los veamos aislados, e incluso perdidos en medio de la noche, son parte de una constelación más compleja e indescifrable que es la memoria. Cada uno tiene en sí mismo su propio cielo y va dejando estrellas como recuerdos, de manera que la memoria no es otra cosa que las constelaciones que vamos trazando en nuestra vida.

Al terminar el taller y construir un consenso sobre la seña que mejor podría ajustarse al concepto que desató la reflexión, seguí pensando en la idea de las constelaciones de la memoria. Esa tarde guardé la última imagen que ahora escribo: los recuerdos van dejando su rastro en el aire y en el cuerpo, son como la estela de los cometas, parecen que pasan fugazmente, pero quedan para siempre.

* Estos talleres hacen parte de La memoria enSeña, estrategia construida de manera conjunta por el Instituto Nacional para Sordos –INSOR–, la Alta Consejería para los Derechos de las Víctimas, la Paz y la Reconciliación, de la Alcaldía Mayor de Bogotá y el Centro Nacional de Memoria Histórica.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Charria

No matarás

El país de los libros perdidos

El suicidio

Reconstruir los puentes

El Grito