Por: Juan David Ochoa

Constitución y papel

Desde mediados del 2013, Jesús Hernán Orjuela, conocido en el folclor balurdo como el padre Chucho entre su también secta de obnubilados seguidores, viene comportándose de frente como todo un abad de las viejas comarcas de la Mancha.

Sin los permisos respectivos para prender un espectáculo de arengas y de aplausos en un parque abierto de la también─ curiosa coincidencia─ localidad de Castilla en el occidente de Bogotá, en plenos Domingos y contra todas las leyes y los rechazos por contaminación auditiva declarados por los no adscritos a su ejército, se rehúsa a obedecer, porque en sus propias palabras Dios está por encima de la ley y sobre todas las normas frívolas del hombre, y afirma tajantemente que allí se quedará aunque el mismísimo alcalde y las fuerzas del orden le prohíban hacerlo.

Parece una escena común en la ya común y vulgar Colombia del papel eternamente chimbo y violado por tradición, y pareciera ridículo entregarle importancia a un personaje trivial y zalamero, pero por lo trivial y fútil es igual de peligroso, y por ser común no debe parecerle normal y aceptable a quien pretenda vivir en la llamada pretenciosamente Atenas Suramericana sin contemplar los alcances de una burla entera a la legalidad y a la convivencia de quien ostenta su misma defensa. La actitud de Orjuela no solo es atemorizante por incentivar públicamente la violación y el desacato a ley y a la constitución, que sigue siendo un papeleo trascendental escupido por todos y olvidado por sus vigilantes, sino también un ejemplar de cinismo grotesco que ha superado ya lo anecdótico, muy propio de los mismos radicales enfermos que rechaza cada domingo en sus frases de cajón sin pruebas.

Ninguna presión estatal ni judicial ha hecho que el sacerdote rockstar que desafía los principios de un Estado de Derecho y el mandato constitucional del Estado Laico baje sus humos y obedezca. Sigue allí, levantando ruidosamente a quienes no están matriculados aún en su exclusiva misa de bienaventurados, y amenazando a las entidades gubernamentales para que se atrevan a bajarlo sin antes ser expulsados por él delante de su público.

Lo ya sabido desde siempre ha cobrado fuerza en las últimas semanas por el percance estallado en el mismo lugar por el plantón organizado por los ateos y agnósticos de Bogotá, que han empezado a hacer el reemplazo simbólico de las entidades obligadas y ausentes.

Independientemente de los excesos que se dieron ese día por los extremos enfrentados, el hecho fue producto de la negligencia de las autoridades competentes que permiten con los plazos alargados la evolución megalomaniaca del personaje en cuestión y la reproducción peligrosa de la violación de las normas bajo exclusivos pretextos místicos y bajo el amparo de un Estado que no se entiende aún como Laico a pesar del papel firmado hace 24 años con la pompa del progreso.

Aunque la autoridad competente para el sector es la alcaldía de Kennedy, algo debe sugerir el nuevo alcalde electo de Bogotá, tildado pomposamente también como el gran gurú del Urbanismo.

 

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