Consuelo de pocos

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Una de las varias desgracias que se acumularon durante este período de vacaciones de fin de año es que los victimarios de líderes sociales no se tomaron ningún descanso. La sangría continuó al ritmo de siempre: asesinan al menos a uno (generalmente más) cada semana.

Pero, ¡atención! Que detrás de esto hay una buena noticia. El señor Francisco Barbosa, consejero presidencial para los Derechos Humanos, anunció en medio de la matazón que ella no tiene “sistematicidad” (https://bit.ly/2Fydeza). Así que el hijo cuya madre fue ultimada frente a él ya puede descansar: estas cosas pasan, pero como es sin sistematicidad entonces no hay que preocuparse tanto.

La razón aducida por el consejero para llegar a su alegre conclusión es que “aquí no existe un plan de exterminio”. Pero para proponer eso como la gran operación de blanqueo de la responsabilidad gubernamental frente al fenómeno es necesario no saber qué significa la palabra sistematicidad, y querer no entender nada de lo que ha pasado en el país en las últimas décadas.

Tanto el diccionario de la Real Academia como otras fuentes definen sistemático como “que se ajusta a un sistema” (https://dle.rae.es/), es decir, que procede de acuerdo a regularidades. Son sinónimos del vocablo otros como “metódico, regular, ordenado” (https://bit.ly/2QX4MyW). Bueno: si estamos hablando español, no se me ocurre nada que sea más sistemático en Colombia que el asesinato de líderes sociales. Aquí las reuniones pueden comenzar tarde y el transporte salir a destiempo (o no salir). Los hospitales pueden no recibir a los pacientes. La luz y el agua (para quienes tienen esos servicios) pueden interrumpirse intempestivamente durante horas e incluso días. En todos estos casos, estamos hablando de procesos y servicios que deberían estar perfectamente regularizados y con respecto de los cuales el país adolece de falta de sistematicidad. No pasa así con el asesinato de líderes sociales, cuya espantosa visita llega sin falta, con la regularidad de un metrónomo.

Ahora hablemos un poco del país al que se está refiriendo el señor Barbosa. Durante las últimas décadas asesinaron y desaparecieron en Colombia a cientos de miles de personas. De hecho, si vamos un poco más atrás, nos encontraremos con fenómenos análogos (piense el lector en La Violencia). Sólo ocasionalmente esa destrucción masiva de vidas humanas se produjo siguiendo un “plan de exterminio” orquestado y cuidadosamente planeado desde arriba. Hay, claro, excepciones muy importantes a esta aserción (el Baile Rojo). Pero la regla ha sido darle margen de maniobra a estructuras de poder muy bien conectadas, con acceso a grandes medios de coerción y que responden a demandas específicas de provisión de violencia y seguridad en el territorio. Esta es precisamente la esencia del paramilitarismo. Y también su astutamente construida e inherente ambigüedad. Pues los crímenes de esas estructuras estuvieron durante largo tiempo patrocinados por agencias nacionales claves, y sirvieron a intereses económicos y políticos que hicieron en su momento bastante públicas sus preferencias y proclividades.

Se suponía que algunas políticas contenidas en el acuerdo de paz desactivarían gradualmente ese fenómeno. Pero las han ido volviendo trizas. Y aunque es claro que los grupos herederos del paramilitarismo son diferentes del modelo que los generó —entre otras por una relación distinta con el Estado central—, han mantenido muchos de sus poderes y capacidades de intimidación. Al menos en lo que se refiere a líderes rurales, la mayoría de los perpetradores conocidos correspondían hasta 2019 a grupos herederos del paramilitarismo. Las políticas de seguridad actuales se concentran en tapar en lugar de solucionar. Es esa la orientación sistemáticamente (no hay otra palabra) promovida desde arriba, como lo mostró en abundancia el nefasto episodio de Dimar Torres en 2019.

¿Habrá alguna corrección en el 2020? Para que fuera así, funcionarios como Barbosa tendrían que preocuparse más por los derechos humanos y menos por lavar imagen. No se trata de dejar sin oficio al pobre Hassan, ¿cierto?

@fgutierrezsanin

 

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