Por: Ignacio Zuleta

Consumir y depredar

USTED Y YO SOMOS CONSUMIDO-res. Muchos de estos consumidores son además consumistas, es decir, que adquieren bienes y servicios sin necesitarlos realmente. Y otros, ávidos, pudientes y descontentos, se pasan de la raya y se convierten en depredadores.

Esa es la realidad y ya no quedan en el planeta muchos individuos o grupos autosuficientes que sobrevivan con lo que siembran o con lo que intercambian. Hace unos días, aprovechando el receso de Semana Santa, visitamos un resguardo indígena cuyos integrantes están en el límite: comen de lo que cultivan, crían o cazan, no necesitan energía eléctrica, tienen agua del río, pero requieren dinero para combustible, transporte y medicinas. El Abuelo y jefe de la comunidad explicaba que no podía creer que un “indio campesino” no sembrara comida en la tierra del resguardo y comprara los plátanos en el pueblo a un precio exorbitante. La fantasía de la coca como fuente de ingresos en contante y sonante les había trastocado la cabeza y los había hecho olvidar los básicos.

Pero en los poblados y ciudades del país y del mundo la cosa es a otro precio. El sistema económico imperante estimula el consumo con frenesí mediático y se es lo que compra, su felicidad está en lo que consume, uno vale porque tiene lo que el vecino tiene, su tiempo no es su tiempo y lo disipa en entretenciones, la cultura es consumo y ser pobre o austero está mal visto. Los individuos de los países que se hacen llamar desarrollados sufren de obesidad física y mental, y no sólo consumen lo que necesitan, sino el doble o el triple, a expensas de los pobres del planeta y con la consecuencia de ahogarse en los desechos de plásticos, de pilas y de juguetes inútiles y efímeros, bienes de consumo de obsolescencia astutamente programada. Están amaestrados por la hipnosis colectiva. Y nosotros, siguiendo el mismo juego.

Ciertamente hay que hablar de los derechos del consumidor para defenderse de los productores cuya codicia multinacional no tiene escrúpulos, con el agravante de que el sistema los premia por “impulsar la economía”. Pero son los deberes los que hay que definir claramente. El primero es sin duda la consciencia, además de las preguntas básicas: ¿Lo estoy comprando porque lo necesito? ¿Alguien me creó artificialmente esta necesidad? ¿A quién beneficia mi acto de consumo? ¿A la multinacional, al campesino o quizás al artesano? ¿Cuántos empaques tiene? ¿Serán reciclables? ¿En qué afecta al planeta? ¿Cuál es la vida útil de este bien? ¿Estaré consumiendo entretención en el cine, la televisión, la radio y la Internet, junto con insumos-virus que me programan para seguir comprando sin consciencia y que también me impiden pensar por cuenta propia, además de robar mi tiempo? No es sorpresa que algunos crean que para ellos la muerte es opcional.

 Y así como se transmiten otros valores en la familia y en la escuela, estos deberes del consumidor pueden ser inculcados por padres de ojo abierto y por maestros que lleven a conocer a sus alumnos un botadero y un relleno sanitario. Lo contrario, que es más cómodo, es seguir pastoreando las ovejas para que no se separen del rebaño y lleguen entonces en fila al matadero y a la máquina que Pink Floyd soñó en The Wall para hacer unas salchichas muy bien hechas.

 

 

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