Por: Juan David Correa Ulloa

Contar el pasado

Ana María tiene quince años, un hermano, dos padres que se están separando, y un abuelo que, pronto, muy pronto, va a morir asesinado por el efecto de un rocketazo en contra de su auto.

Va a morir y eso lo sabemos desde el comienzo de la novela. Es la piedra de toque que le dará sentido a El gato y la madeja perdida, la más reciente obra del escritor Francisco Montaña Ibáñez, publicada en asocio entre la Universidad Nacional y Alfaguara. Montaña trabajó durante muchos años los relatos incluidos en esta pequeña novela, que además de ser la iniciación de su protagonista en el mundo de los adultos, es la apertura de un pasado que no se ha contado mucho desde la literatura: la masacre perpetrada por el Estado y los paramilitares de una cantidad cercana a los 6.000 militantes del partido U.P. , fundado en plenos diálogos de paz con el presidente Betancur para darle una salida posible a una encrucijada que hoy no hemos podido resolver.

Esta no es una novela de tesis en la cual se plantee desde el principio todo lo que acabo de decir. Reseñarla así sería desperdiciar una cantidad de historias y un estilo despoblado de pirotecnias literarias que son valores que tiene el libro. Porque Montaña ha decidido contar esa historia desde un ángulo difícil: una primera persona, la de Ana, cuya vida se suspende el día en que matan a su abuelo, su madre le revela que su padre se irá por otra mujer, y su hermano alcanza la adultez con una novia, Sofía, que está en el tránsito, también, de ser mujer. Es una novela sencilla, bogotana, que deambula por una ciudad que ha terminado por parecerse a esta misma que vemos hoy. Una ciudad imperfecta, con algunas esquinas memorables, cercada por el miedo. La voz de Ana, su mirada sobre lo que está ocurriendo, sobre la muerte de sus seres queridos, sobre la paternidad y la maternidad, y sobre un presunto enamoramiento que está atravesando por uno de sus profesores, completan un cuadro que cuenta también los dramas que atraviesan los vivos después de enterrar a sus muertos.

Cuando terminé de leerla pensé en cuán fácil —y peligroso— hubiera sido caer en los clichés de la izquierda victimizada. Y creo que el escritor encontró en la inocencia de Ana una coartada perfecta para no tomar partido de una manera rotunda. Ana es la conciencia de un relato poblado de dudas y preguntas. Como la madeja que persigue un gato y que se resiste a volver sobre sí misma, las puntas de los hilos que deja abierta la novela son la posibilidad de entender que, a pesar de la desgracia, la muerte, la injusticia, el dolor de no saber por qué, ni para qué, la vida sigue siendo tozuda. La gente sigue caminando, yendo a trabajar, se vuelve a enamorar. Pero algo siempre permanece y es la memoria. Esta novela es una invitación a eso. A recordar sin dramatismo, a ver de frente un tiempo en el cual, de un solo tajo, se borraron miles de ilusiones.

 

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Correa Ulloa