Por: Luis Fernando Medina

Contenido Económico del Populismo

Siempre me ha llamado la atención que el término “populista” tiene connotaciones distintas en español y en inglés.

En español es cuando menos controversial y muchas veces insultante. Es raro el grupo que se autodenomina “populista”. En cambio en inglés es un término más bien neutral que se usa con intención descriptiva, acertada o no es otro problema, pero no para asustar o demonizar. En Estados Unidos es posible autodenominarse “populista” y, de hecho, a finales del siglo XIX existió un partido con tal nombre.

La historia del populismo americano viene a cuento en estos días precisamente porque está ligada a la cuestión monetaria. En los años posteriores a la Guerra Civil, los “estados de la pradera”, eminentemente agrícolas, quedaron a merced del martillo de los monopolios ferroviarios, que elevaban los costos de la distribución, y el yunque de la política del dólar fuerte apuntalada por el patrón oro, que deprimía los precios de sus productos. El descontento generalizado de los granjeros de la región encontró su cauce en el Partido Populista que en 1896 se alió con el Partido Demócrata en torno a la candidatura de William Jennings Bryan, fogoso tribuno de 36 años. En su discurso más famoso, el que mejor captó la esencia de la campaña, Bryan denunciaba a la estricta política monetaria del momento acusándola de crucificar a la humanidad en “una cruz de oro”.

Bryan, contra quien se alinearon los grandes plutócratas del Noreste, perdió estrepitosamente. Su carrera política posterior no fue particularmente gloriosa, entre otras cosas por su fundamentalismo religioso que lo llevó a participar en un embarazoso episodio en contra de la enseñanza de la evolución de las especies. (Aunque, por otro lado, fue el Secretario de Estado con el que Colombia finalmente obtuvo indemnización por la pérdida de Panamá.) Pero el episodio dejó varias lecciones históricas que, como suele ocurrir, no fueron aprendidas en su momento y ahora se están aprendiendo de nuevo sobre la marcha.

La primera lección es que la búsqueda de la estabilidad monetaria a toda costa en condiciones de alto endeudamiento, condena a los deudores a pagar deudas que no caen en el tiempo. La segunda lección, en cierto modo relacionada con la primera, es que, dentro de ciertos límites, un poquito de inflación es un buen lubricante del sistema político ya que permite repartir los costos de los choques económicos entre toda la sociedad en vez de hacerlos recaer sobre los sectores más vulnerables, como por ejemplo los trabajadores o pequeños productores en mercados altamente competidos. La tercera lección es que para crear una unión monetaria en condiciones democráticas es necesario tener mecanismos de compensación que sirvan como una especie de póliza de seguro ya que el costo de la estabilidad de los precios es la inestabilidad del ingreso.

Curiosamente, en el diseño del euro, supuestamente un proyecto común entre democracias mucho más incluyentes que lo que eran los Estados Unidos de finales del siglo XIX, se ignoraron todas estas lecciones. Esto resulta tanto más extraño cuanto que la inflación de la Europa de la postguerra había sido bastante manejable, con unas pocas excepciones aquí y allá. Pero ello no impidió que un profundo fervor antiinflacionario se apoderara de las autoridades económicas y que se optara por diseñar una moneda férrea que dejaba a los países miembros sin mecanismos para afrontar coyunturas adversas.

No es este el lugar para tratar de entender a qué se debe este hecho. Pero si algo caracteriza al capitalismo avanzado de las últimas décadas ha sido el desarrollo cada vez más acelerado del sector financiero lo cual tiene un efecto político curioso: las deudas que Ud. y yo tenemos en como pasivos en nuestros balances personales aparecen como activos en los balances de los bancos. De manera que si sube la inflación, lo cual aliviaría nuestras deudas, esto sería también una pésima noticia para los bancos. Vistas así las cosas, resulta más que una coincidencia el hecho de que los años en los que con más virulencia se ha combatido la inflación, sea también la época en la que más poder político ha adquirido el sector financiero.

Decía Mark Twain que la historia no necesariamente se repite, pero sí rima. De hecho, a veces parece que lo hace en “rima abrazada” donde los versos primero y último de una estrofa riman de una manera y los versos del medio de otra. Una vez sofocada la insurgencia populista de Bryan, fue la coalición del New Deal de Roosevelt, apuntalada por el movimiento obrero, la que forzó a los plutócratas americanos a un consenso en torno al pleno empleo y la redistribución. Del mismo modo, fue gracias a la “amenaza comunista” que las élites económicas europeas aceptaron el mismo consenso keynesiano. Y ahora, al terminar la estrofa, tras décadas de erosión del movimiento obrero y sindical en Europa, la defensa de esos mismos principios recae, una vez más sobre fuerzas que ahora los medios insisten en calificar de populistas.

Claro, Siryza no es un partido populista. Es, para usar el lenguaje con el que se definía en otros tiempos el Partido Liberal Colombiano, “una coalición de matices de izquierda”. Su plataforma económica incluye puntos que cualquier partido socialdemócrata europeo habría defendido hace quince años. El estado del bienestar, el pleno empleo y la política macroeconómica anticíclica habían sido los pilares de la Europa de la postguerra, pilares que costó muchísimo construir. Resulta extraño que ahora se tache de extremistas a quienes simplemente están tratando de conservar dichos pilares. Parece que, a diferencia de lo que ocurrió en tiempos de Bryan, son los antipopulistas los verdaderos fundamentalistas religiosos, solo que esta vez se trata de la religión de la austeridad fiscal y la estabilidad monetaria.

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